Un Expreso de medianoche hacia Ganimedes 1/6


Me habían hablado de una estación de los famosos Expresos Estelares ubicada en el centro de la ciudad, ese agitado lugar en donde muchos vivían en las lujosas torres y en las humildes casas y hogares  improvisados de los que le tocó lo peor de la economía que los políticos dicen que está creciendo. Así comenzó mi viaje.

Ahí estaba, la estación solitaria daba la impresión de que pronto la cerrarían por pocos logros, supuse, e ingresos. Hasta los robots se veían obsoletos y algo oxidados. Corrían de un lado al otro, esperando que los pasajeros terminaran de despedirse o de comprar el pasaje u otros papeleos.

Saqué el ticket y a pesar de las miradas despectivas, me aceptaron como pasajero. Era un ticket sencillo, un viaje de ida, que llegó a mis manos como regalo de despedida de mi madre. Y faltando un día para su vencimiento decido usarlo, el mismo día que salí del departamento de Policía, convertido en una burla de lo que una vez fue.

Muchos integrantes de la clase trabajadora hablaban de un familiar que se mudaba a Ganimedes, probando fortuna, y les iba de las maravillas montando pequeños negocios o dedicándose a abrir hoteles en el ancho litoral, sin olvidarse de sus raíces. Al principio pensaba que eran fantasías, pero ese día, lo estaba arriesgando todo por ir a aquella luna del planeta Júpiter.

— ¡Todos a bordo! Recuerden mantener con ustedes su ticket así como sus pertenencias. Recuerden que no nos hacemos responsables por los extravíos de las mismas.

Exclamó uno de los empleados, anunciando que pronto el tren se marcharía.

Éramos pocos  en la estación, y el viaje de medianoche era el indicado para los desesperados, ilusionados y un ex policía.

Me monto y le introduzco el ticket en la unidad scanner al robot sobrecargo, con algo de nervios ya que mis congéneres sospecharon de mí, no tendría en donde correr con el robot. Cuando vi la luz azul me alivié, iba a poder continuar con el viaje.

¿Qué implicaba viajar con un ticket sencillo? Pues estar en un vagón en donde posiblemente debía buscar a un sobrecargo para no extender una pelea con otro pasajero, posiblemente un viejo o una vieja, por la ubicación de nuestros asientos, una comida que te podía enviar al baño y comenzar a arrepentirse antes de emprender el viaje durante el despegue.

Pero con todo y eso, seguí adelante. Ya no tenía opción para arrepentirme, ya había cruzado el punto de no retorno.

Decidí gastar parte del dinero de mi liquidación en el bar del tren. Ya era hora de darle un uso y tenía ganas de caminar, estaba harto de estar postrado en mi puesto.

Caminé un largo pasillo y allí estaba el bar. Al abrir la puerta veo, quizás, a todos los pasajeros del expreso, a un humano y dos androides tocando jazz en aquel lugar, así como a unos en un concurso de tragos.

Le pido una cerveza al cantinero y le pago de inmediato.

— ¿Qué le pareció el despegue?—me preguntó el cantinero buscando conversación.

—Impecable, debo reconocerlo. Dígame, un policía retirado ¿Es una rareza entre los pasajeros?

— Como usted he visto muchos aquí. Lo más raro que vi montarse fue a un androide que pintaba al óleo retratos. Creo que no hay nada como eso.

Le di un buen sorbo a mi cerveza, luego de escuchar esas palabras.

— ¿Puede decirme quienes son esos tres tan alegres? Beben como si no hubiese mañana.

— No me gusta hablar mal de los buenos clientes pero esos tres son un militar expulsado por desobedecer una orden de un superior, un ingeniero mecánico de piernas cortas y una cartógrafa que dice tener  la mejor vía hacia el tesoro de Anastasia.

— Que singular trío.

—Se llaman a si mismos “Los tres ases”. Deberían llamarse mejor los vampiros alcohólicos. Dicen que este será su viaje definitivo, ya han decidido irse de la Tierra.

Sentí algo parecido a la empatía hacia ellos.

—Lo mejor es que los deje tranquilos, si quiere beber con ellos.

Las advertencias de los cantineros siempre es bueno tomarlas en cuenta, más si son sobre borrachos.

—Sería tan amable de ilustrarme.

—Son temperamentales a más no poder, llevan armas de fuego con ellos y son muy diestros con ellas. Es mejor que los dejes en paz.

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