Todos los hombres de la cuadra habían regresado, dejaban de lado su larga faceta de soldados para volver a ser padres y esposos. Pero el residente de la casa 47 no daba señales de regreso.

Para Penélope habían cosas más importantes que atender, las mensualidades del colegio de Terry, la filtración del techo y el esperado aumento de sueldo eran las cosas que, realmente, le preocupaban. Y eso, solo hizo que salieran a relucir los cuentos.

Los soldados que se salvaron decían con tono honesto que desde Normandía hasta Berlín le habían perdido contacto al Sargento; quizás lo reasignaron al Pacífico o se llevó tan bien con el General Patton que podría estar de regreso dentro de poco.

Penélope se hacía a la idea de que seguía vivo, quizás su desempeño había sido tal , que había grandes planes para él en algún gran cargo.

La idea de ser viuda le invadía por las noches, en las horas de descanso en su trabajo.

Un día, un uniformado llegó a su casa, con pesar le contó lo que realmente le pasó a su marido. Se dio cuenta que se había escrito mucho sobre Ulises, pero muy poco sobre Penélope.

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