Seamos honestos, por mucho que se diga maravillas de las series animadas del Japón en la actualidad, las cosas de fondo no pintan muy bien. No nos hagamos los desentendidos, que esto no viene a partir del episodio mal hecho de la serie de los monitos peleadores, creo que ya tiene mucho tiempo.
Yo considero que, al igual que lo que han expuesto muchas eminencias de la mencionada industria, han dicho que ya no se trabaja con el corazón, que se están relatando historias con esquemas de éxito hartamente conocidos y que tanto los consumidores como los creadores manejan un idioma en común, ya no se trata de abarcar a más personas. A eso le sumamos el hecho de que la sangre que entró a la industria así como la que disfruta de las series, siempre se han roto las ropas por esas obras. Básicamente, los locos tomaron la administración del manicomio y es ahora que se ven con mayor evidencia los estragos que están causando.
Y no es raro ver que se escriba y se comente más sobre las series de modas, esas que parecen irreconocibles a las de la temporada anterior ya que el guión son prácticamente similares, que de obras que traten de saltarse esos parámetros. Eso ha sido una constante, una muy mala constante, incluso en los días en los que hasta yo defendía la animación que se hacía en el país del sushi.
Si bien podría ser que esto es un ciclo personal, que casualidad que mi distanciamiento se dio justo en que las cosas no se veían tan acartonadas, en las que había matices de fondo que diferenciaban una serie de otra si compartían temática. Ahora se debe nadar entre muchas obras de calidad deficiente para conseguir algo medianamente bueno y, al menos personalmente, ese viaje yo no lo tomaría. Prefiero irme a las costas del manga, honestamente, ya que con tantas series que se encuentran basadas en las famosas novelas ligeras, prefiero leer historias que, por alguna razón, no van a ser adaptadas en un futuro cercano.

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