Para Lorena no había mejor lugar en su ciudad que el parque de diversiones “Gran Aventura”, lugar donde podía escribir a sus anchas y sumirse en sus pensamientos sin importar el clima, el hecho de estar abandonado le ofrecía aquella calma que nunca consiguió en la biblioteca pública y en los otros sitios culturales en la metrópolis donde vivía.

Habían pasado semanas desde la última visita a su refugio y se estaba reflejando en su desempeño; el relato que debía entregar tenía tres semanas de atraso, el alquiler del departamento donde vivía estaba por ascender a dos meses, su beca en peligro y aun no llegaba la sagrada quincena en su puesto de trabajo como la secretaria de su tío dentista. Y su familiar era quien estaba recibiendo la peor parte de aquella situación.

—Te daré el viernes libre—le comentó su tío durante el almuerzo.

—Pero…—no llegó a completar su respuesta, su tío se adelantó abruptamente.

—Nada de peros. Le cancelaré al casero tu deuda, pero quiero que me des tu palabra con respecto al resto de las cosas acumuladas que tienes y que vas a terminar.

—Tienes mi palabra, tío.

Ese jueves por la tarde Lorena sentía un alivio enorme. Eso era lo que había estado soñando desde que su tío la contrató, un día libre.

—Primero estudiaré un poco para el examen de después de vacaciones y así me dedicaré todo el día en el relato—pensó mientras viajaba en el metro de camino a su casa. y repitió esas palabras en su mente un y otra vez hasta que aceptar la idea de que iba a ser una de aquellas noches dedicadas a leer sobre literatura inglesa.

Al llegar al pequeño departamento sabía que no sería interrumpida por el casero en su sesión de estudios y se aseguró que tanto el teléfono del apartamento y su teléfono móvil no fuesen otros agentes distractores.

—Me gustaría que no fueses tan pesado—comentó con su tono de voz suave al enorme “libro” hecho de fotocopias de un texto escrito por el fundador de la universidad donde estudiaba en el área de literatura inglesa—. Y para hacerlo peor estas en inglés.

Habían sido ocho veces que intentó leer el primer episodio de aquella extraña agrupación de fotocopias encuadernadas, pero sin éxito. Si no se dormía en la décimo novena página del primer episodio, su teléfono le recordaba algo con una alarma o era ese vecino del apartamento del frente y sus gritos,  aquellos eran sus agentes distractores más comunes.

—Esto será una larga noche. Mejor me detengo y me preparo un té para seguir con esta tortura.

Encendió el televisor mientras sacaba todo lo que necesitaba para hacerse una infusión y si quedaba tiempo, limpiar sus lentes.

Una noticia que salía de la boca de un reportero en uno de los tantos noticieros de las seis de la tarde llamó su atención.

—El parque “Gran Aventura” será demolido para el próximo mes. La lucha del único empleado vivo, él una vez famoso mago Raymond, para mantenerlo en pie concluyó hoy cuando el ilusionista fue llevado al hospital por un infarto.

Raymond fue sin duda alguna, una de las principales atracciones que tuvo aquel parque. Según le contó su tío, era el show al que más niños y adultos ansiaban ver, incluso más que las atracciones mecánicas.

—¡Ya sé qué tipo de personaje agregaré a mi relato! Y no sería mala idea ir a visitar a Raymond en el hospital—comentó entusiasmada.

Pero aquel momento pasó rápido. Lorena regresó a leer el “libro” o al menos tratar de avanzar la lectura lo más que podía.

Y así lo hizo, logró avanzar hasta el capítulo siete pero fue vencida por el sueño y su último movimiento antes de sucumbir fue quitarse los lentes y dejarlos en su mesa. Nuevamente, se quedó dormida en el sofá.

Lorena tuvo un extraño sueño aquella noche. Un sueño color sepia donde se mezclaban aquellos relatos de días pasados cuyo narrador era su tío y esa nostalgia que siempre acompañaba a sus escritos se mezclaban.

Apareció como una niña pequeña, con un hermoso vestido y su cabeza adornada con un listón enorme. Caminaba al lado de su tío, quien la llevaba de la mano por el parque “Gran Aventura” repleto de acróbatas, payasos, domadores de leones, pero en una pequeña carpa estaba el gran mago Raymond.

El mago vestía un elegante traje y un sombrero de copa en su cabeza, se asomaba y se escondía de su público usando el telón. Y finalmente ocurrió, el mago salió, anunciado por el pianista y la utilería que aparecía.

—Para mi primer acto les presentaré “Los Anillos del Destino”—dijo el mago calmado pero con su voz profunda, mostraba unos enormes aros de metal en los cuales entraba un brazo completo—. Y lo que verán los dejará sin aliento alguno; pero es mejor que guarden para el resto del show.

Lorena estaba sorprendida por aquel show, nunca había visto algo similar.

Y la función despertador de su teléfono se activó. Lorena no pudo ver el resto de su sueño.

A pesar de que era su día libre tanto en su trabajo como en la universidad, su rutina de la mañana no la evitó.

—Buenos días “Zaragoza” aquí hay comida—le comentó, como cada mañana a su pez dorado—; y ahora me veras hacer algo de chocolate caliente y un acto de magia. El acto de gastar dinero.

Si había algo en Lorena que pudiese considerarse una constante es esa sonrisa natural en su rostro; podía estar lloviendo o en la peor de sus crisis emocionales, pero esa sonrisa seguía allí.

Salió con su laptop, su rumbo, los restos del parque que la inspiraba en el arte de escribir. Como cualquier otro día debió sortear las personas que empujaban en el metro, ese desagradable olor que resultaba de la mezcla de los aromas del café procesado con el cloro barato usando para limpiar el suelo de la estación.

Lorena sentía que esas ideas que tenía retenidas para su relato estaban saliendo, fluyendo y se animó a escribir un poco durante su viaje.

Aquel cuento (en palabras de la autora) ambientado en un mundo de fantasía narraba el peregrinaje de una humana en un viaje para la vida de un mago, su destino La Torre Carmesí.

Pero debió abandonar ese mundo, su parada fue anunciada por el altavoz y por el mapa electrónico del vagón.

Se sentía bien, como restaurada y muy llena de energía para afrontar todo, para darle fin a ese relato y sus otros retos cotidianos.

—¿Qué pasó?—se preguntó al ver la “entrada” que usualmente usaba, cerrada con una gruesa cadena y candado—; mientras pueda ver el parque, podré escribir.

—Así que eras tú quien siempre entraba por aquí—comentó alguien muy cerca de ella.

Lorena recordó la única lección de judo a la que sobrevivió; así que tomó el brazo de aquella misteriosa persona y lo arrojó  al suelo. Al abrir los ojos, se percató que había un joven adolorido y quien se estaba levantando.

—¡Lo lamento!

—No te preocupes, me han hecho cosas peores. Pero debemos hablar de tus visitas al parque sin que un abogado meta sus narices.

El joven se presentó como Raymond Junior, nieto del famoso mago. Luego de la presentación caminaron hacia una pequeña plaza cercana y llena de palomas.

—Pero no entiendo el motivo de que te apoden Junior.

—Mi padre también se llama Raymond. Parece una tradición que mi abuelo se le ocurrió, que todos los hombres tuviésemos su nombre.

—Y ¿Todos son magos?

Al ver la reacción que tuvo Raymond por aquella pregunta, Lorena se sintió apenada. Para ella, hacer ese tipo de preguntas y de forma tan directa era una de las tantas cosas que quería cambiar de si misma. Ya había hecho la pregunta, así que solo podía esperar lo que haría aquel joven.

—Me hacen esa pregunta muy a menudo, pero eso no es de lo que quiero hablar contigo.

Había algo en la voz de aquel muchacho que la mantenía atenta a todo lo que decía, a cada gesto de su rostro y cuerpo durante aquellos minutos que deseó que durasen más.

—Me agrada la idea que te guste el parque y que lo visites, pero no hay necesidad de que rompas las leyes solo por un capricho.

—No es capricho, la calma que encuentro en el parque me ha ayudado a escribir y olvidarme de mis problemas semanales.

—Es un lugar mágico, lo sé, pero esa magia seguirá viva.

—Si no es molestia ¿Puedo pedirte un favor?

Y con aquella frase, Lorena logró acercarse al mago Raymond.

Conocer a aquel mago fue algo importante. A pesar de que se encontraba postrado en la cama de un hospital; Raymond se mostró como alguien amable y dispuesto a escuchar todo lo que tenía que decir Lorena mientras que su nieto se entretenía con su teléfono móvil.

—Entonces ¿No le molesta que haga un personaje basado en usted?

—Todo lo contrario, para mi es todo un honor. Espero no ser grosero con lo que le voy a pedir.

—Pues, dígame con confianza.

—¿Nos podrías dar unos minutos a mi nieto y a mi solos? Quiero comentarle algunas cosas.

Lorena, extrañada por tal pedido, accedió ya que no quería quedar mal; aunque quienes si quedaban así eran los Raymond, como caballeros. La mente de Lorena comenzó a imaginar cosas y a preguntarse ¿Qué sería tan importante que debían hablar en privado?

Raymond nieto le pidió entrar nuevamente, los nervios se apoderaron de ella.

—Joven, si me lo permite le contaré una historia. Una que deberá jurar que mantendrá en silencio.

Lorena afirmó con la cabeza y después de eso el viejo Raymond comenzó a narrarle una increíble historia. Una que escuchó por completo a pesar de que no la creía cierta del todo. Aquel mago le narró como se inició en la magia y el origen de la misma, desde ese  momento las cosas cobraron un matiz extraño.

La magia era real, una fuerza intangible que ayudó a muchos, pero desde un buen rato ya no funcionaba como solía hacerlo. Y desde ese día los magos han encontrado formas de continuar sus prácticas.

—¿Eso quiere decir que los magos de las Vegas no son puro cuento?—preguntó Lorena.

—Algunos si, otros no. Lo cierto es que tiene en sus ojos “la chispa” y quiero que sea mi alumna.

La “chispa” era el nexo entre una persona y la magia. Raymond sabía que encontrar alguien con una y que no estuviese emparentado con un mago era todo un descubrimiento.

—Quiero que sea una maga.

—Si implica un largo viaje al extranjero y asistir a una loca escuela, pues tendré que declinar la oferta.

—¿¡Qué clase de tontería están diciendo los del cine sobre la magia!?—Preguntó molesto Raymond—, señorita olvídese de esas cosas. No tendrá que viajar, usted será entrenada por mí en la magia. Desde el año 1.801 se declinó la creación de academias de magia, pero quiero saber que tiene que decir sobre todo esto.

Lorena le costaba asimilar toda esa información ¿Sería cierto lo de la “chispa” y el resto de los cuentos? ¿Raymond nieto estaría con ella en aquellas clases?

—Si me sale que soy la “elegida” pues no; tengo muchos problemas con mi vida personal como ara salvar a otros.

—No manejamos ese concepto del “elegido” y creo que ya está bueno de evasión—comentó el nieto del mago.

—¡Esa no es forma de tratar una dama!

—Si es así, pues acepto.—respondió Lorena.

—Cuando me den de alta comenzará su entrenamiento. Hay mucho que hacer—comentó el anciano mago.

—Más si consideramos que su “chispa” no ha sido propiamente entrenada—agregó el joven Raymond.

—Y ¿Cuándo será eso?—preguntó Lorena, tratando de ahogar las ganas de decirle cuatro cosas al nieto del mago.

—Con la salida de la luna nueva.

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