Creo que fue durante el último año de bachillerato cuando mi amiga andaba de amores con el rebelde del instituto. Y para esos días creía que no había haber cometido un error tan grave. Habían pasado dos años del divorcio de sus padres, aunque aún se notaba que le había afectado ese hecho.

Armando no era del todo un rebelde, cuando quería se aplicaba en los estudios, pero al disolverse su equipo de básquet, y el único del Instituto, buscó otras formas de reconocimiento.

Entre ellas los pleitos, y ser el novio de la chica más bonita de la sección “B” del ´segundo año de diversificado por ciencias.

Zara y yo somos como hermanos, y a pesar de que solo me veía como tal, para años atrás pensé que podríamos ser algo más que amigos, pero gracias a esos sucesos, nos unieron más, hasta el sol de hoy.

Pero hubo un día que no todo fue así. Armando agredió sin sentido a un amigo, le robó el dinero a otro muchacho y lo peor fue que hizo llorar a mi amiga. No era la primera vez que me enfrentaba a algún enamorado de mi amiga, pero este merecía una paliza, perdí los estribos y apelé por mi conocimiento en Karate-do.

Mi sensei, a pesar de comprender, me castigó severamente al igual que mis padres, pero el peor castigo que recibí fue que Zara no me habló por unos meses.

Hasta ese día que nos encontramos en el parque, donde jugábamos de niños.

—Escuché los castigos que te dieron—me dijo para iniciar la conversación.

— ¿Son fuertes verdad?

—Yo me hubiese vuelto loca hace rato. Pero lo estas llevando bien.

Zara se sentó en uno de los columpios, fui detrás de ella. Me gustaba mecerla, ver como su cabello se alborotaba con el viento y escuchar sus risas  mientras iba de un lado a otro.

Zara y yo estuvimos hablando por un buen rato. Seguía siendo esa alegre niña que un día me pidió que la meciera mientras estaba sentada en el columpio.

Aclaramos nuestros asuntos. Nos dimos cuenta que no podíamos separarnos, así como es anti natura que los hermanos se peleen y dejen de hablarse.

—Fue un error enamorarme de él.

Me dijo, frase que ha estado repitiendo por un buen tiempo.

—Por cierto me enteré que te gusta una de mis amigas.

Y también entendí que los chismes vuelan más rápido que cualquier ave. Y recordé que fue mala idea en haberle dicho a Daniela, la asistente de la delegada de clases, con quien estaba haciendo el proyecto de biología.

Al escuchar esas palabras me detuve en seco también.

—Bueno tarde o temprano iba a pasar esto. Pero ¿No estarás celosa?

—Un poco—me dijo entre risas—pero es bueno saber que te gusta alguien. Me encantan esas noticias. Además no te pedí que te pararas, sigue meciéndome.

Y continúe haciéndolo.

—¿Me vas a confesar quien te gusta?

No podía  poner resistencia.

—Cuando termine de mecerte te diré quien es.

Poco a poco fue atardeciendo ese domingo, y me tocó decirle sin importar las largas que le diera al asunto. Finalmente se lo dije.

Y quedó sorprendida. No era para menos. Era su mejor amiga, su rival en casi todo, desde los estudios hasta en el número de cartas de amor anónimas que recibían semanalmente.

—Eres un pícaro. Quizás pueda hacer algo por ti.

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