Por mucho que me desagrada admitirlo, Zara tenía razón. Verónica y yo nos llevamos muy bien. A partir de ese día estuvimos en contacto, hasta después de mi torneo.

Salíamos cuando ella encontraba un espacio en su agenda. Había algo que estaba tomando forma entre ella y yo.

Recuerdo haber cruzado pocas palabras con Jean Pierre, me recordó a Armando, solo que algo más pretencioso. Realmente no le di mucha importancia.

Luego, por Verónica, conocí al resto de la banda. Unos muchachos bien tratables, lejos del estereotipo de los rockeros rebeldes.

Pero todo cambió. Un miércoles me citó en una bonita cafetería en el centro de la ciudad.

—Veras Ronald, voy a ausentarme unos meses. La razón es simple, mi trabajo con la banda.

—No te preocupes. Al menos sigue escribiéndome—le respondí, aguantando las ganas de besarla— y te llamaré no importa donde estés.

La pierna de Jean Pierre había sanado, los roces se habían calmado, indicando que su gira debía comenzar. Por mucho que me gustaba estar con Verónica ¿Quién era yo para apartarla de su trabajo?

—Pero me debo ir mañana—me dice apenada—y me gustaría pasar la tarde contigo.

No podía creer lo que había dicho. Quizás, quiera un trago dulce antes de uno amargo, antes de irse. Solo espero que no me pase lo mismo que le ocurrió al actual novio de la actriz Catalina Ibarra.

—Y, hay algo que debes saber. Jean Pierre no es quien tú crees.

—¿En serio?

Se dibuja en su hermoso rostro  una mirada profunda hacia mí.

—Claro que es en serio. Debajo de esas capas de prepotencia, hay un muchacho  que nunca creció.

—¿Se habrá enamorado de eso mi amiga? De algo subyacente.

No quise seguir abordan ese tema. Solo abrazarla, verla a los ojos, esos profundos ojos castaños, escuchar su gentil voz hasta el momento de la despedida.

—¿Cuándo estarás de regreso?—le pregunté—quiero saberlo, así sea una fecha tentativa.

Soltó una risita, estaba nerviosa.

—Puede que en un mes o en tres. Todo depende del presupuesto de la disquera y de los sitios en donde nos toque hacer los conciertos.

Estaba en una encrucijada. Me aterraba la idea de que Verónica estuviera de viaje con ese patán, aunque sabía que los demás no se propasarían con ella, por otro lado pensaba que no debía estar del todo preocupado ya que ella y yo no teníamos algo serio.

Llegó el momento y nos dijimos hasta luego.

Éramos lo secundarios en una historia, una nota al pie de la página dela biografía de una banda de rock pesado, no sabíamos que hacían los principales, Zara y Jean Pierre, a mi me solo me importaba ella.

—Dime una cosa ¿Puedo llamarte en serio?—le pregunto

—Por supuesto tontito—me responde mientras me mira y se sonríe—pero después de las cuatro de la tarde.

Luego, realmente se fue, cada quien tomó su respectivo camino a sus hogares.

Medité de regreso a casa. Aparte e comprender que ya era tiempo de sacar mi licencia de conducir, sol debía esperar el día que estaría de regreso. Y quizás pasar a otro nivel.

Zara me envió un mensaje de texto. No me gustó lo que leí.

Había renunciado a su empleo en la guardería como asistente, para acompañar a su novio.

No le respondí. Ella es mayor y debe asumir las consecuencias de sus actos.

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