La vida del boxeador, como se puede definir algo tan efímero y al mismo tiempo tan apasionante. Somos esclavos de los aplausos, de los reflectores y de nuestro ego, y me atrevo a decir  a la fama, así sea por un escándalo público.

La vida del boxeador es solitaria y dura, llena de azares, ya que un día estas en la cima disfrutando de todos los lujos y otro en el suelo convertido en un ebrio o mendigo.

A lo que me hice adicto fue a esa sensación que te invade cuando estas en tu vestidor y caminas hacia el cuadrilátero y un desconocido grita tu nombre y apodo con un micrófono.

Hoy tengo una pelea, el pase que me acercará un poco al campeón, si consigo su cinturón seré feliz y podré retirarme de este duro espectáculo.

—No te noto nervioso Clint, la pelea de hoy esta interesante. No te vayas a poner agresivo, mantén la calma. Hemos trabajado mucho para llegar a este nivel.

Hace un año salí de la cárcel, aún estaba en el circuito amateur, fue un duro golpe para mi entrenador. Lino, el asistente de mi entrenador, dice que casi regresa a beber, la gente del barrio lloró cuando se enteraron que estaba tras los barrotes.

Recuerdo que fue un miércoles, estaba tranquilo trabajando en la taberna de la señora Isabel, entró un ebrio, gritando, y era hora de cerrar. Estábamos nerviosos la señora Isabel y yo, la policía estaba en las cercanías, los maleantes se ponen peor en el barrio cuando los azules andan cerca.

La hija de la señora Isabel, la niña Maria, aunque de niña solo tiene el apodo, ya que tiene el cuerpo de una mujer, estaba con nosotros limpiando, el ebrio le puso el ojo, empezó a acercársele, pero no para cortejarla. Quería otra cosa. Le advertí del ebrio a la señora Isabel, los otros ebrios estaban lejos, no lo conocían, no era del barrio, parecía peligroso. Y fue cuando escuché el grito de Maria que actué.

Me quité el delantal me acerqué a la mesa del ebrio y le dije.

—Señor, la señorita no quiere estar con usted. Por favor déjela en paz, no cause problemas. Estamos casi cerrando así que si desea seguir bebiendo, váyase.

—Cállate joven, ella quiere estar conmigo. No pueden cerrar por que estoy yo aquí y puedo comprarles toda su existencia de licor que tiene esta pocilga si me da la gana.

Esa fue la orden de atacar, la envió la madre de la niña Maria, le pedí al tipo que encontrara en la calle, no soportaba su inmundicia en el negocio. Quizás, hice mal en iniciar esa pelea, pero de no haberlo hecho, la niña Maria hubiese salido mal herida.

Y fue en ese instante que empezó la riña, el ebrio tenía resistencia y soportaba bien mis golpes, pero la  policía vio el instante cuando mi golpe de gancho hizo morder el suelo al hombre, y mi sentencia, la cárcel, por alterar el orden público y por golpear a un oficial.

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