Aunque ya sabia mi sentencia, tuve que pasar por un juicio, claro es un mero formalismo de esta sociedad. Ese jueves mi entrenador me dio un consejo, cuando salimos de la corte.

—Escúchame bien Clint, el mundo de la cárcel y nuestro barrio no son muy diferentes, solo cumple cabalmente las órdenes que se te den.

Notaba que Simón, mi entrenador, estaba preocupado. Espero saber el motivo.

Recluido por el lapso de tiempo de un semestre, el policía admitió su estado de ebriedad y que se propasó con la niña Maria así que mi condena no fue tan larga., pero esos seis meses serían largos. Ya me había acostumbrado a vivir en las calles y pasar por situaciones en donde tu vida corre peligro. Le debo mucho  a Simón, vio talento en una persona como yo, un solitario joven del barrio San Andrés, que se peleaba todos los días, a todas horas, conocido con el apodo de “El puño de la Calavera” ya que las marcas que dejo con las puños poseen, según Lino, la forma de una calavera. Lino tiene una marca de mi puño en su pecho, de nuestro primer encuentro.

Me llevaron en una patrulla ha una lejana cárcel,  según le escuche a los policías es la mas tranquila de la región. Aunque a veces los motines que se forman no difíciles de controlar.

Me enviaron a una celda oscura y sucia, los otros reos me veían y se reían a carcajadas uno gritó

—Ese vino por que golpeo a un policía, ese nuevo es peligroso.

Otros reos se empezaron a reír de ese comentario, hice caso omiso de ese comentario, solo querían provocarme. Nadie sabía quien era, son pocos los que conocen el circuito nacional de boxeo amateur, un policía me dijo muy serio.

—No te has sulfurado a pesar de que te han dicho de todo. Estas haciendo lo correcto. Si prácticas algún deporte búscame, siempre tenemos torneos deportivos, para calmar un poco a los reos.

—Muchas gracias, eres el primer policía que conozco que no es tan altanero, los que se atreven a ir a San Andrés, son de lo peor.

—Lo se, por eso creo que no deberías estar preso, estabas haciendo lo correcto, eso se llama Legitima Defensa.

Era normal ver a los otros jóvenes del barrio pelear por tener una salida con la niña Maria, muchas veces me tocó ser quien detenía las peleas, los muy dementes peleaban al frente de la taberna, y eso espantaba la clientela según la señora Isabel.

Por las tardes me ausentaba en mi lugar de trabajo, iba a entrenar con Simón y Lino, el turno de la tarde era el más flojo, tenía que trabajar, ya que vivía con Simón en una humilde casa  y nos compartíamos los gastos y los sueños de superación de salir de esa pobreza.

Nuestro sueño es el cinturón de campeón nacional en la categoría peso pluma, tener un gimnasio propio y ayudar a la señora Isabel y a los otros soñadores del barrio.

Cayó la noche en mi celda, menos mal que estoy solo, saqué mi armónica, y cantamos nuestras penas.

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