Para Héctor Castillo, así como para el resto de sus compañeros de empleo había un poco de incertidumbre en la organización. Se hablaba de un radical cambio de ramo de aquella empresa, ya que los nuevos modelos de naves monoplaza se estaban quedando fríos, la aviación civil estaba asimilando las naves militares y algunos pilotos; el regreso a la calma le había sentado fatal a unos cuantos.

Nuevamente y como cada semana, el cazador de talentos Rodrigo Fangio hacía su visita a su viaja conocida, la gerente de Colibrí S.A, una de las contadas empresas estables del ramo de la fabricación y prueba de naves.

—Debo admirar tu insistencia, Rodrigo—comentó Regina, la gerente de aquella empresa—. Es algo que te debe ayudar mucho en tu línea de trabajo ¿Quieres algo de café?

—Gracias por lo que me toca. La escudería Alfa Romeo, donde trabajo, realmente quiere a tu piloto de pruebas, son contados los audaces como él en estos días. Me vas a tener aquí un buen rato si no me dejas hacerle una entrevista y creo que ya conoces mi respuesta con respecto al café.

—Ese muchacho se ha vuelto una inversión en extremo peligrosa, pero no hay nadie que ponga al límite nuestras creaciones. Aunque hoy estas de suerte ya que voy a dejarte con el muchacho a ver si puedes convencerlo de irse.

— ¿Tan pronto quieres soltarle la soga? Regina, esas no son cosas tuyas. Por cierto, el café que me serviste, está excelente

—No me hagas cambiar de opinión viejo amigo. Con respecto a la entrevista en concreto. Creo que sabes que hemos tenido que soltar buenos empleados en los últimos meses y tristemente, él es uno de los contados que me queda en esa lista cada vez más corta. Además, creo que esos halagos tuyos hoy podrían surtir algún efecto positivo.

A pesar de las quejas de la gerente de recursos humanos, no había alguien como Héctor a la hora de llevar al límite a esas máquinas que aun producía esa empresa, estaba en él hacer eso. No por nada fue uno de los tantos condecorados de la aviación durante la nefasta guerra entre la Federación Terrestre y la Unión Colonial; su mejor cualidad era buscar lo que él llamaba “la aceleración perfecta”, aceleraba todo lo que podía dar aquellos motores de las naves.

Solo Héctor sabía las razones para hacer eso, aunque si bien podría parecer algo de rutina para un cazador de talentos era la demostración notoria de todo el potencial de aquel piloto, un diamante que le faltaba una que otra pulida que podría brillar nuevamente en aquel deporte que estaba retomando sus actividades así como su popularidad, la Fórmula 1.

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