And we are the law here

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—Ahora parece que la Bella Durmiente, ha despertado. —indicó Marín, mientras escuchaba los pasos de Elizabeth por la escalera. —, creo que nunca mejor usado el título de la famosa princesa.

— Lástima que no hay príncipe para ella—comentó Richard, pero se ganó las miradas penetrantes de Bianca y Lucrecia. Mientras que la dueña de la casa estaba viendo todo aquello entre risas.

—Entonces ¿Ellos son mis compañeros de techo? Marín. Como cosa rara, mi fama me precede; pero me gustaría saber quiénes son ustedes, ya que por los vientos que soplan vamos a convivir un buen tiempo, aquí juntos.

Luego de presentarse,  la conversación se tornó más animada aunque la única que mantenía un semblante neutro era Lucrecia. Quizás esas conversaciones sobre maquillaje y demás simplemente no era lo suyo y ahora había alguien más en aquella casa que (a su parecer) ponía en peligro aquel lazo que había hecho con Arthur.

—Me alegra saber que hay alguien aquí que toma mis consejos. Pero, si mi memoria no me falla tú debes ser Lucrecia, te haría bien tomarlos. No tanto por esto del peso sino por el hecho que deberías vestirte menos gris y más ¿Cómo decirlo sin ofenderte? Más alegre.

—Cómo demócrata no tengo mucho por lo cual celebrar. Además, hacer frivolidades como la que me propones, mientras el país se tambalea no es algo que me gustaría hacer en este momento.

— ¿Es así de seca todo el tiempo? Creo que tuviste un mal rato con Arthur en tema político; como de eso no entiendo, prefiero no meterme y que me dejen en paz mientras diseño mis trajes; estamos comenzando con mal pie, te diré una cosa ¿Qué me dices algo relacionado con tus pasatiempos? A ver si compartimos uno.

—Ella es como mi difunta perra, “Canela”, no le agrada mucho esto que le alteren su rutina.—agregó Marín, quien se encontraba escuchando todo mientras preparaba algo de beber para todos los presentes— pero, vamos Lucrecia, ella no es mala persona.

“Al mal rato darle prisa” pensó Lucrecia, mientras buscaba algo en esa enorme lista de pasatiempos que tenía que pudiese ser medianamente compatible con aquella singular nativa del estado de la estrella solitaria. Finalmente encontró uno y lo comentó sin mucho miedo— Me gusta el cine, al punto que dentro de nada se hará oficial esto que manejaré el cine club de la universidad.

— ¡En serio! Bueno, ya tenemos un punto en común. Por cierto, es una pregunta para todos ¿Qué tal se llevan con ese muchacho llamado Arthur?

Aquella pregunta dejó pensando unos segundos a los presentes, pero ninguno se arriesgaba en responder. El primero en romper aquel silencio, fue Richard, quien había dicho una que otra cosa pero no tenía mucha relevancia para el relato.

—Yo me llevo bastante bien con él, al punto que estoy que lo reto a un juego de ajedrez.

—Pues en más de una ocasión me ha ido a buscar con “Silver” mientras me tocaba estudiar en casa de mis compañeros en otras partes de la ciudad—comentó Bianca—, sin importar la hora, allí estaba para ayudarme.

De repente, todas las miradas se enfocaron en Lucrecia. Alguien con quien se había llevado mal en un comienzo, de hecho casi desde su llegada a aquella casa; pero poco a poco había llegado a tomarle algo de aprecio. Pero ¿Qué iba a responder? Ciertamente apelar por la honestidad no era una buena idea, aunque ya Elizabeth se había dado cuenta de aquel pedazo de relato.

—Creo que hace rato tú misma, sin querer, describiste como me llevaba con Arthur. Ya que más recientemente, no nos llevamos tan mal, si soy honesta. Aunque creo que tu querida admiradora te puede contar más al respecto.

—No, siento comentarte que quiero que seas tú quien me relate eso. Ya que, puedo deducir por el brillo en tus ojos que esa experiencia te gustó bastante, a pesar que es un pesado en ese tema de la política ¿A que no es un encanto?

“¿Un encanto? ¿En serio? Realmente, no creo que haya dicho eso” nuevamente pensó para sí misma Lucrecia. “Lo dijo la ex prometida, o algo por el estilo y lo menos que esperaría que dijese fuese un halago” ¿Qué razones tuvo aquella diseñadora de moda en soltar aquellas palabras sobre quien fuese su prometido? Había muchos comentarios al respecto, especialmente entre Richard y la dueña de la casa.

—Es una historia muy larga y…ciertamente hay muchos detalles que me gustaría repasar primero para contarte bien eso.

—Está bien, no hay problema. Y ¿Está haciendo algo por aquí? Digo, algo como un empleo o algo similar.

—No, no solo sabemos. De hecho, Lucrecia tenía una teoría al respecto pero parece que la descartó. Aunque eso le costó los favores de la señora Marín—apuntó Bianca—, pero creo que, al menos personalmente, debe ser un empleo bastante fuerte en vista que sale bien temprano y regresa bien tarde.

—Pero de no ser por ese empleo, no hubiese pagado lo de la filtración— puntualizó la dueña de la casa—, digamos que es un misterio que le ha sido esquivo para la periodista de esta casa. Y es bastante buena con esto de investigar.

Por razones de un ligero desperfecto mecánico, Arthur y su corcel tuvieron que regresar a casa. Pero, después de abrir la puerta trasera esa que daba al garaje y ver que su abuela no estaba sola y que entre esas caras conocidas estaba la de Elizabeth, tenía emociones encontradas por dentro.

— ¡Hablando del Rey de Roma!—exclamó Marín—; creo que te enteraste un poco temprano sobre la llegada de la nueva inquilina de esta casa.

— ¿No te sorprendes en verme?—le preguntó Elizabeth al recién llegado.

—Tanto como un dolor de muelas o un resfriado. Pero, si, me tomaste por sorpresa, Elizabeth. —, me gustaría invitarte a que te sentases a hablar, pero resulta que esta casa parece más tuya que mía. Y ¿Qué te trae de regreso? Me dijeron que usualmente llegas tarde a tu casa, pero que cosas.

—Un pequeño desperfecto en el auto, exactamente con el asiento del pasajero. Así que vine a arreglar eso, antes que me llamen de nuevo a la calle.

Marín le hizo unas señales a sus inquilinos para desocupar la cocina y dejar a aquellos dos hablando, al menos por unos minutos.

— ¿Cuál será nuestra señal para intervenir?—preguntó Lucrecia.

—Cuando comiencen a gritar, además ¿Para que intervenir? ¿No has escuchado en la auto determinación de las malas relaciones?— le preguntó Richard.

—Además, así tendré una exclusiva. La verdadera razón por la cual Elizabeth estuvo ausente de su blog por cinco meses; esto es algo que deberíamos grabar. —agregó Bianca, mientras sacaba su teléfono para comenzar a hacer lo que había expuesto.

—Nada de eso, solo intervendremos si esos dos comienzan a sacarse los ojos. De resto a quedarse aquí, puedes espiar conmigo si quieren. Quiero refrescar algunos detalles sobre ese drama, así que no quiero sobresalto alguno ¿Queda claro?

Lucrecia estaba extrañada de todo aquel jaleo que se estaba formando, si bien no era la primera vez que escuchaba a Arthur usar el sarcasmo, pues era la primera vez que lo notaba tan serio y lo peor del asunto era que se había quitado su fiel sombrero de inmediato. Casi como si después de ver a Elizabeth, lo había hecho ¿Así había sido el impacto de haberla visto nuevamente?

—Me gustaría hacerte una pregunta ¿Aún recuerdas algún detalle de nuestra primera cita?

—Llovía perros y gatos. Tú vestías una prenda con lunares negros y yo de azul. Después de eso todo fue un enredo, quizás fue culpa mía o tuya, pero creo que algo llega tarde.

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Marín viajaba a casa con quien fuese la prometida de su nieto, una de sus vecinas se ofreció en llevarla. Aquel auto parecía un vehículo fúnebre, por el ambiente tan tenso que había y tan callado. Pero ¿Quién iba a ser el valiente en tratar de romper aquella tensión? Extrañamente, fue Elizabeth quien se arriesgó en decir unas palabras.

—Yo no la recuerdo como una persona tan seria, señora Marín. Le doy el beneficio de la duda a su vecina y amiga; pero a usted la conozco con mucha antelación.

—Digamos que amanecí con el pie izquierdo, Elizabeth. Eso es todo, además que llegas en un momento algo…tenso.

Después de eso no hubo otra conversión, hasta que llegaron a casa. Elizabeth ya estaba en casa de Marín, quien había hecho un desastre para ocultar que la filtración del techo había sido reparada.

— ¿A qué se debe este desorden?

—Filtración en el techo, Elizabeth. Lamento que me encuentres de tan mal humor, pero en el techo está el responsable de eso.

—Simplemente no me creo esa mentira, además ¿No recuerda que mi padre era contratista? Aquí hay algo más que le hecho que vives de alquilar unas cuantas habitaciones a estudiantes universitarios.

—Esta conversación va a ser un tanto extensa, así que lo mínimo que puedo ofrecerte es algo de comer y de beber ¿Estás de acuerdo?

—Eso me agrada bastante. Ya que el hambre que tengo es bastante evidente.

Marín debía organizar bien sus palabras, quizás buscar la forma de calmarse y comprender que Elizabeth iba a estar entre sus inquilinos quien sabe por cuánto tiempo y no podía estar con el estómago revuelto mientras ella estaba bajo ese techo; quizás bajando un poco la guardia, podría ella informarse un poco de los motivos que tenía aquella muchacha.

—Arthur vino para ayudarme monetariamente a reparar lo de esa filtración, lo siento que repita ese tema. Digamos que vino ya que no le gustaba la idea que me fuese a vivir a Texas y que tenía que vender esta casa y el Mustang. Al punto que él mismo lo reparó.

—Eso justifica esas compras de “Mecánica Popular” y ese repentino interés por los autos. Pero, lamento interrumpirte, por favor continúa.

—Pues Arthur se unió a este asunto de Uber, sí, es un taxista pero del nuevo Milenio. Hace buen dinero, al punto que pagamos entre los dos esa reparación  ya que no quería meter en ese asunto a los inquilinos y dejarlos sin un techo simplemente no me parecía algo correcto. Pero puedes decirme lo que quieras, pero les tomé cariño a esos muchachos, aunque no se han graduado como tú.

—No me gradué de una cosa así maravillosa, soy diseñadora de moda. Lo sé, algo que se ve simplemente raro para una persona nativa de Texas. Pero ahora te quiero preguntar ¿Te ha dicho tu nieto algo sobre el compromiso que tenía conmigo y por qué lo congeló?

Marín puso ante Elizabeth un plato blanco donde yacían dos tiras de tocineta, un huevo frito y dos panes tostados, había algo en las palabras y en la actitud de esa nueva residente que le hizo recordar las palabras de Arthur “No hay nada para mí San Antonio” ahora resonaba con fuerza en la mente de su abuela.

–A veces puede ser muy reservado, algo que lo heredó tanto de su padre como de su abuelo; pero, creo que no sería malo conocer tu punto de vista. Te lo digo, ya que tuve que lidiar con esos tres en varias oportunidades.

—Te adelanto una cosa, no me dejó plantada en el altar. Simplemente me comentó que ya no quería seguir estudiando derecho y que quería despejar su mente, creo que fue unos dos meses previos a mi primer desfile me dejó con más angustias que con ganas de seguir diseñando. Un día simplemente me lo dijo y se fue, pero dejo de escribirme o de responder los mensajes que le había dejado en sus redes sociales; aunque, debo admitir que si bien es extremo esto de perseguirlo hasta aquí, quiero verle la cara y que me comente todo eso que lo motivó a congelar el asunto.

¿Cómo era eso de congelar el compromiso que tenían? La madre de su nieto le había comentado, con alegría, aquel mencionado compromiso. Pero ¿Quién estaba ocultando un pedazo de verdad? En algún momento alguien iba a explotar y comentar eso, pero la pregunta estaba en quien iba a ser el primero en hacerlo.

— ¿Puedo irme a dormir después de comer? Quiero dormir en una cama de verdad. Ese viaje, fue incómodo, ya sabes cómo es esto de viajar en avión por trece horas ¡Trece horas!

— ¡No faltaba más! Creo que me tocará llevarte la maleta hasta tu habitación, aunque debo serte honesta, ya que no estoy para la gracia.

—No te preocupes por eso, después de dormir podré subirla. Ya que dudo mucho que tengas un botones aquí. Pero debo preguntarte ¿Dónde está mi habitación?

—En el segundo piso. Te tocará compartir habitación con otras dos residentes, en vista que…tampoco es que tenga mucho espacio aquí, pero no sabes el dolor de cabeza que nos causó subir tu colchoneta a esa habitación.

Los tres inquilinos de Marín llegaron, a la misma hora que lo hacían los jueves. Aunque, lo único diferente de aquel jueves era el hecho que ahora alguien más estaba con ellos bajo aquel techo, posiblemente lo único que se mantenía en la tradición era que aún no había señales del nieto de la dueña de la casa.

—Debo admitir que la nueva inquilina tiene buen gusto, esas maletas se ven prácticas y cómodas—apuntó Bianca.

— ¿Tan prácticas que no pudo subirlas?— le preguntó Lucrecia—, aunque debo admitir que también se ven algo pesadas.

— ¿Acaso mis ojos me están engañando? ¿Estaré viendo las siglas E.M? mi corazón se anda acelerando y estoy más que segura que no es por algún infarto.

Resultó ser que aquella diseñadora de modas con quien salió el buen Arthur no era otra más que Elizabeth Miller, quien llevaba una concurrida página web sobre modas y todos los temas relacionados a ese mundo. Como una estudiante de medicina sabía todo lo referente a la moda y al maquillaje, pues es un misterio incluso casi del mismo tamaño de como la conoció el nieto de Marín.

— ¡Yo sabía que su nieto tenía algo! Pero ¡Esto! no me lo esperaba—Bianca, estaba mucho más habladora que lo acostumbrado. —, ciertamente es todo un pícaro.

—Realmente, no. Por muy grande que sea San Antonio, todavía tiene esa vibra de pueblo pequeño del estado de la estrella solitaria. Al menos eso es lo que siempre me comenta mi hija, quien tiene años viviendo en esa metrópolis— comentó la dueña de la casa.

—Pero ¿Quién es esa Elizabeth Miller?— preguntó Lucrecia.

—Has dicho las palabras prohibidas, Lucrecia—agregó Richard—, ya nos va a soltar una de las suyas. Bueno, tú debes estar acostumbrada a largos discursos. Ya tienes experiencia en eso.

Lucrecia no respondió a aquellas palabras, pero Bianca comenzó a hablar de quien era la nueva inquilina. Si había alguien de renombre no solo en el mundo de los blogs sobre moda sino también en el mundo de las pasarelas, maquillaje y demás temas que se relacionan mucho, esa era Elizabeth. Tres desfiles que fueron un éxito, una línea de ropa que se estaba comercializando directamente por Amazon y, como guinda en aquel helado, un blog que aumentaba el número de visitas de forma recurrente con sus consejos y opiniones sobre los hechos más recientes del mundo de la moda.

“Con tanta laca, secadores de cabello y maquillaje puedo comprender las razones por las cuales Arthur la dejó” pensó la estudiante de periodismo, quien parecía haber conocido su opuesto.


Prácticamente al otro lado de la ciudad, en un humilde campus de la ciudad Lucrecia se encontraba tecleando la última parte de su artículo para un trabajo de una de las tantas materias teóricas que estaba cursando ese semestre. En esas materias le iba muy bien, pero en las contadas numéricas, era otro relato; a su lado se encontraba Oswaldo; un muchacho de buenos modales quien simplemente no podía negarse a todo lo que le pidiese su compañera de clases.

—Te noto más tensa de lo acostumbrado ¿Te sucede algo?

— ¿Se nota mucho?

—Creo quien te lo puede decir mejor es el teclado de tu laptop. Creo que mejor te hago la suplencia; además te sale mejor irte a beber algo a menos que quieras hablar sobre lo que te aqueja. Dudo que sea algo relacionado con el cine club.

Lucrecia se levantó de su silla y le encargó el resto del trabajo, sacó su fiel termo de agua y después de beber un poco comenzó a hablar. Por supuesto, Oswaldo a escuchar atentamente.

—Hoy llega a la residencia donde vivo quien fuese la prometida del nieto de la dueña. Si lo sé, ese título es digno de una telenovela.

—Y ¿Qué es lo que te tiene comiéndote las uñas? Aparte del hecho que es una visita plenamente anunciada.

—Me toca compartir habitación con esa persona, así como el hecho que…digamos que he estado creando buenos lazos con el nieto de la señora Marín. Un republicano de Texas.

Oswaldo recordó que su compañera no tenía las mejores palabras para referirse a Arthur, al escuchar todo aquello se quitó los lentes y dejó de teclear de inmediato. En su rostro solo había seriedad y era evidente.

—Simplemente no sé qué sucede en esa cabeza tuya; tampoco sé si lo que te voy a decir vaya a entrar allí, pero creo que  en un momento dejaste muy claro que no querías fraternizar con esa persona ¿Qué pasó con esa convicción?

—Simplemente hablamos, de hecho no está metido en las carreras clandestinas de autos. Aunque, tampoco ha dicho algo en concreto sobre lo que está haciendo como trabajo, aunque no resultó ser tan republicano como pensé que era.

Oswaldo se colocó sus lentes nuevamente, regresó a teclear, hacía lo que podía para ocultar que estaba molesto. Allí estaba, callado, con el rostro fruncido.

—Y ¿Ahora a que se debe que estés callada? Digo, es raro cuando estas así y es algo que es digno de resaltar.

—Vamos Ozz, ahora el tenso eres tu ¿Quieres que te haga la suplencia?

—Lo siento, pero no. Si quieres que me calme, te sale traerme algo de comer. Ya que me dio hambre.

—Podemos compartir el desayuno que me traje; no es mucho pero es algo. Además que no queda mucho para finalizar esta cosa ¿No lo crees? Al menos eso quiero creer.

—Igual deberías usar todo tu esfuerzo para la prueba de estadística que vamos a tener dentro de poco; debes tener la mente despejada de tanta telenovela o darle mejor uso a esa facilidad de inventarte cosas de un día para otro. Aunque, en otros temas ¿Has pensado cual va a ser la primera actividad del cine club?

—He estado pensando en que deberíamos comenzar con una comedia. Quizás algo clásico, Chaplin.  O quizás esa película llamada “El Cantante de Bodas” con eso podemos comenzar y atraer a la gente, he estado pensando que es una excelente idea. Lo que suceda después de eso, creo que depende del éxito de esa primera actividad.

Por dentro, Oswaldo estaba aún más furioso. No era para menos, ya que tenía planeado usar la famosa película de Drew Barrymore y Adam Sandler (en los roles protagónicos) para hacerle entender a Lucrecia lo que sentía por ella. Aquella singular amistad, entre una de las articulistas del periódico del campus y el lanzador estrella del equipo de beisbol de la universidad era un tema medianamente recurrente entre los conocidos de ambos.

De repente el teléfono de Lucrecia sonó, era el tono de un mensaje de texto. Mientras leía aquel mensaje, abrió de par en par sus ojos y se llevó su mano a la boca en varias ocasiones. Por otro lado, el lanzador estrella quería intervenir, pero ¿Ya no había hecho demasiado? De hecho, solo quería calmarse antes de cometer un error del cual podría arrepentirse. Tampoco podía arriesgar lo que había logrado con Lucrecia; ya que aún no estaba comprometido eso, simplemente ya Lucrecia (al menos eso quería creer) no iba a pelear tanto en su residencia.

Tampoco le hacía bien alterarse tanto, en vista que dentro de pocos días le tocaba demostrar las razones por las cuales era el lanzador estrella de su equipo y que debía mantener no solo la parte académica de su beca, sino también debía hacer un buen papel en la parte deportiva. En uno de sus bolsillos estaba una entrada para ese juego tan importante, recordó de inmediato y creía que se sentía con el deber de dársela a aquella muchacha, por eso se interesaba tanto en el cine club y su nueva presidente, ya que si dependiera de él, abandonaría su equipo deportivo y se uniría a ella, al menos en ese club.

Marín había anunciado a sus inquilinos que aquella persona que, sin quererlo ni saberlo, ya estaba causando un mal rato a aquel singular grupo de personas.

—Déjame adivinar una cosa ¿No tienes ganas de irte a casa?

—Eso es correcto. Además que parece que la señora Marín se vio obligada a buscar a esa persona, mientras su nieto anda usando el auto de ella para quien sabe que cosas.

— ¿No crees que hay cosas más importantes por las cuales ponerte en modo de angustia?

Oswaldo volvió a meter su mano en el bolsillo donde tenía la entrada para ese esperado juego ¿Qué debía hacer con esa entrada? no era una situación con la cual estaba familiarizado en afrontar; era algo diferente a estar ante una audiencia o sobre el montículo y preparando su brazo para sacar al bateador. No le quedó otra opción y se arriesgó, no había un equipo que lo apoyase si la jugada salía mal.

—Sé que esa cabeza tuya no anda en su mejor momento, justamente cuando más necesito que esa cabeza se encuentre centrada. Aunque no soy yo quien te necesita calmada. Así que toma,  una entrada para el esperado juego entre nuestro equipo y los Escarabajos del Campus vecino, el juego será este sábado en la tarde. Me gustaría que estuvieses en las gradas.

Aquel gesto dejó sin palabras a Lucrecia, fue como un  brusco regreso a la realidad. Ciertamente había cosas más importantes por las cuales preocuparse, además ¿No le había dado su palabra a su buen amigo que lo iría a ver en un juego?

No ganaba nada estando angustiada por algo que si bien estaba por suceder, tenía mucho tiempo en pensar cómo afrontar ese dilema. Había alguien, justo a su lado, que necesitaba de su presencia y de su vuelo lírico, además que debía hacer lo posible para mantener su beca, incluso manteniendo ese buen desempeño con las materias teóricas.

Si bien aún había un deje de molestia no solo en las palabras de Oswaldo, en el brazo extendido donde tenía la entrada también había tensión. Con mucha calma, Lucrecia tomó la entrada y respondió.

—Muchas gracias, puedes contar con mi presencia en ese juego. Pero ¿es muy importante para ti?

—Si ganamos, pues pasamos a la clasificatoria y cerca de la esperada final. De lo contrario


La señora Marín esperó que Bianca llegase a tomar el desayuno, aunque aquella escena podría parecer como cualquier otra que se hacía los fines de semana, la cara de la dueña de aquella casa decía todo lo contrario. No había nada por lo cual sentirse calmada. Para empeorar la situación, había tensión en el aire.

—Entonces, yo no sé si estaré hablando por el resto de sus huéspedes pero ¿Cómo es eso que la prometida de Arthur nos estará visitando dentro de pocas semanas?—preguntó Richard, con un tono muy serio. Ese que usaba durante clases y del que siempre erizaba la piel de los profesores, según Lucrecia.

—Sí, sé que sorprende el hecho de que mi nieto con ese carácter que se gasta estuvo cerca de un matrimonio. Al parecer, no hay nada claro con respecto a cuál de los dos fue quien canceló todo eso. Posiblemente eso lo sabremos cuando la tengamos aquí, de hecho esa visita ya comienza a ser un dolor de cabeza para mí. —fue la extraña respuesta de la dueña de aquella casa.

Esas palabras tomaron por sorpresa a los huéspedes, ya que no había alguien más hospitalario en aquella urbanización como la señora Marín. Considerar que una visita le estaba causando una molestia era algo muy fuerte, un asunto que señalaba que no se lo estaba tomando a bien o que todo eso era, en realidad, no otra cosa que un iceberg.

—Pero ¿En qué podemos ayudarle?—preguntó Lucrecia, siempre hablando por el resto de sus compañeros—, si es necesario hacer un sacrificio. No queda de otra opción que hacerlo.

—Me alegra escuchar eso, al menos de ti querida Lucrecia. Quiero que tú y Bianca le pongan un ojo a la futura huésped de esta casa, así que pensé que podría quedarse en  su habitación. Voy a convencer a mi nieto para que comparta habitación con Richard, estaba cansada de verlo dormir aquí en la planta baja. Concretamente en el sofá, a pesar de que ese muchacho me está sacando nuevas canas, se merece un mejor sitio para dormir.

Richard y Bianca miraron de forma penetrante a su querida compañera, de nuevo había hecho algo que comprometía sus rutinas, incluso la de ella. Pero, no le quedaba otra opción. “Lástima que esta casa no tenga un sótano, podríamos mandar a Richard o a su prometida a ese sitio” pensó la joven estudiante.

—Espero que esta pregunta no sea imprudente, Marín, pero creo que es necesaria ¿Cuándo tendremos a esa persona aquí? Digo, el viaje de San Antonio a California es de trece horas de vuelo, sin contar las horas adicionales que hay que hacer desde el aeropuerto hasta esta urbanización.

—Excelente pregunta Richard, la tendremos aquí para mañana. No les pido mucho, solo a que me ayuden a limpiar la casa y preparar una cama para esta nueva residente. Y si, por si no queda claro, no estoy del todo contenta con esta situación.

Un nuevo residente no solo implicaba más gastos, al menos en comida, sino también que el ambiente que habían forjado la dueña de la casa, sus huéspedes y su nieto debía irse a mejor vida. Lo bueno del asunto es que ninguno de los muchachos quiso preguntar más sobre aquel tema, ya que el asunto de ese compromiso  congelado iba a ser el responsable de muchas confrontaciones en aquella casa.

La primera orden fue llevar una colchoneta a la habitación de Bianca y Lucrecia, trabajo que fue tomado por Richard, alguien que lo hacía con una soltura increíble.

—Sigo pensando que lo de la colchoneta y demás lo debería hacer el Vaquero— indicó la estudiante de medicina, sin ocultar el hecho que estaba un poco molesta—, ya de por si era difícil estudiar aquí contigo aquí Lucrecia, sin ofender. No me quiero imaginar cómo será como será esta situación con esta nueva persona aquí.

—No me siento ofendida por eso. Recuerda que el Vaquero no sabe de esto, aunque eso no lo salva de estar metido en el predicamento que se avecina. —Respondió Lucrecia—, por mi parte creo que lo mejor que podemos hacer es…

Súbitamente, Richard le tapó la boca a su compañera, dejando en el suelo rápidamente la colchoneta. Lo interesante fue que hasta Bianca abrió los ojos de par en par, buscando una forma de cortarle la idea a Lucrecia.

— Creo que también hemos tenido mucho de “lo mejor que podemos hacer”, así como el hecho que no es necesario empeorar más la situación con alguna de tus ideas. Y si pretendes morderme, es lo mejor que lo medites muy bien.

—Lo cierto es que, Richard tiene razón amiga. No es un buen momento para una de tus loquitas ideas. —Agregó la estudiante de medicina—, además que hasta nuestra participación en el torneo de tenis de mesa se ve comprometida. Ni hablemos del asunto de celebrar Halloween, ya que quería invitar a unos amigos de la universidad a la fiesta.

— ¡Mis ideas no traen desastres! Claro una que otra habrá salido mal, pero si me permitieran implementarlas mejor, pues otro gallo cantaría.

—Lo mismo han dicho del socialismo—agregó el estudiante de derecho—, que nunca lo han dejado implementar de forma correcta y cuando lo hacen, pues siempre salen los defensores a decir que aquello no era el verdadero socialismo. La verdad que la situación amerita algo con mejor enfoque.

El plan que iban a considerar aquel trío era bastante simple. Tratarían de ser lo más cordiales que podían, aunque ya tenían la persona indicada para ser la cabeza de lanza de todo aquello, no otra que Lucrecia.

—Sigo sin entender ¿Por qué yo?— preguntó la estudiante de periodismo. —, yo también tengo mi agenda que cumplir. Creo que eso debería una labor de todos nosotros, de hecho, estamos todos involucrados en ese problema. Nos guste o no.

—Pero todo indica que tu agenda no es tan apretada como la de Bianca o como la mía— matizó Richard—, seguramente no te gustaría conocer todo lo que debo hacer este año. No solo como estudiante, sino también como el nuevo supervisor de unos obreros del ramo de la construcción y asistente del abogado de esa empresa.

—Y a mí me tocará dentro de poco las primeras prácticas en un hospital, así que   tampoco estaré por aquí el tiempo necesario para comprender lo que realmente sucedió entre Arthur y la nueva residente. Además ¿Cuántas reuniones tienen el cine club al mes? Y las ventas del periódico de la universidad no andan muy bien en estos días, todo indica que te toca recibir esa bala, querida amiga. —indicó Bianca, mientras terminaba de arreglar su pequeño bolso de mano, quería irse a estudiar a un sitio no tan tenso.

—Creo que no me podré escapar de esta, por mucho que lo quisiera. Creo que debo admitir que esto es mi Waterloo. De hecho, no importa lo que haga, soy el Napoleón en esta situación.

—Lamento corregirte. Bueno, no, sabes que me gusta mucho hacerlo. Pero si bien es reiterar algo que ya sabes, pero dudo mucho que tengas el mismo genio militar de Napoleón. Además, hasta donde sé, a ti nunca te han exiliado a alguna isla; así que creo que le estás haciendo referencia a la canción de cierta banda del norte de Europa.

—Pero ¿Qué les hace creer que me voy a llevar con esa persona? Ya vieron que con Arthur tuve mis roces. Además que buena parte de la población de Texas es republicana y todas esas cosas…

—Así es, pero eso fue durante la fuerte campaña presidencial. Ha pasado algo de tiempo y creo que has bajada un poco la intensidad con esos temas del feminismo y el apoyo incondicional a la señora Clinton. Además que, si bien no sabemos qué pasó exactamente con la filtración, eso también fue culpa tuya así que creo que aun te toca pecados que expiar.

En la cabeza de Lucrecia comenzó a sonar una de las muchas canciones favoritas de su señor padre, “Tragedia” de esa agrupación toda la banda sonora de la película “Fiebre de Sábado por la Noche”. De hecho, ahora podía comprender buena parte de la letra de aquella canción.


Ahora, se hace pertinente relatar lo que hicieron los jóvenes después de aquella estadía en el restaurante aquel. De la misma forma que su abuela, aparte de ser el conductor designado, Arthur era quién conducía al potro, aunque la única diferencia era en el copiloto; ya no era la extraña Lucrecia, sino el calmado Richard.

— ¿Quién iba a creer que nuestra interpretación iba a ser la ganadora?— Comentó el estudiante de derecho, buscando iniciar una conversación.

—Creo que la verdadera pregunta sería ¿Qué tan baja es la resistencia al alcohol de esas muchachas? Considerando que mi abuela aún tiene esa manía de doblar el codo. De hecho, el whisky siempre ha sido su favorito.

—Creo que hacemos bien en regresar a casa. Pero, como no recuerdo cuando fue la última vez que tuvimos una conversación ¿No crees que estemos en una excelente oportunidad para una? Yo considero que sí, aunque una sola persona no hace una conversación.

Al menos en buena parte de lo que había dicho el estudiante de derecho tenía razón, ya que durante esa partida de ajedrez que quedó incompleta, todo gracias a que una discusión entre Lucrecia y Bianca y que no pudo ser controlada por la dueña de la casa.

—He notado que tú y la demócrata están dejando de pelear. Y no sé si tomar todo eso como algo bueno o malo; ya que no sabes cuántas veces tuve que contener por los ataques de risa que me causaba ver a Lucrecia sin ideas y roja de furia.

—Yo puedo decir lo mismo sobre ti y la futura galeno. Me atrevo a decir que ese asunto entre ustedes dos, debe tener algo de tiempo. Pero con el primer tema que trajiste a la mesa, hasta a mi abuela le ha tomado por sorpresa. Pero voy a pedirte que no fumes en el auto, mira que el spray ambientador se me está acabando.

Richard guardó la caja de cigarrillos y el encendedor, en el rostro del estudiante de derecho se dibujó una extraña sonrisa y luego comentó.

—Aparte de Vaquero, ahora también tienes dotes de detective. Oye, esa mezcla de género es interesante, aunque creo que funcionaría mejor dentro de la ciencia ficción; pero, debo admitir que sí, entre ella y yo hay algo.

Pero después de aquellas palabras, el estudiante de derecho se quedó unos segundos callado, mientras que el conductor asomó por breve momento su mirada en las chicas que se encontraban dormidas.

—Aquello que tengo con Bianca tampoco anda en el mejor momento. De hecho, espero no te molestes en que te tenga que contar eso.

—Para otra ocasión, no es muy prudente que lo hagas. Considerando que ella está allá atrás y podría despertar en cualquier momento, eso sí. Tranquilo, me han comentado que soy un buen confidente, pero en esta oportunidad lo mejor será terminar no sólo la partida de ajedrez, sino también con algo que adicional.

—Se hace evidente que te estás refiriendo a ese hecho notorio que nuestros duelos no sólo agotan nuestros cerebros, sino también a nuestros estómagos. Aunque sólo me queda una duda ¿Para cuándo?

Aquel singular duelo quedó pautado para dentro de dos semanas, un plazo de tiempo Arthur tendría otros dos días libres. Pero la charla debía seguir, ya que aún quedaba camino por recorrer; Richard seguía comentando sobre las próximas acciones que iba a hacer con respecto a que era el protector de Lucrecia en el campus.

—Pero si te soy honesto, creo que haces mal en ocultar ese trabajo en Uber al resto de los residentes. Yo lo descubrí por mero azar, además que ¿Cuál es el problema con eso? No es un trabajo indigno.

—Creo que no es algo que importa mucho. Es algo que no es problema de terceros, sin ofender. Ya que, aún es temprano para decirlo, todo lo referente a la filtración puede estar por cerrar. Todo gracias a ese empleo que tengo, de hecho y tal como le dije a mi abuela, tampoco es que hay mucho para mí en mi ciudad natal.

—No sé qué asunto de fondo tuviste para irte de San Antonio, pero creo que te sorprenderá saber que comparto eso. Yo salí de mi ciudad agrícola y sin ánimos de regresar; fuimos pocos los que salimos de mi promoción de secundaria. Buena parte se quedó, yo aún hoy me pregunto que estarán haciendo.

La conversación siguió, pero el jinete ya estaba agotado, quería descansar al menos unas horas. No era para menos, ya que en pocas horas debía salir nuevamente con “Silver” pero, no dejaba de preguntarse ¿Qué lo iba a motivar ahora? Ya el asunto de la filtración parecía cerrado o al menos eso creía.

Al llegar a su destino, Arthur se quedó mirando al techo de la casa, mientras su abuela se aseguraba que Lucrecia y Bianca llegasen sin tantos tumbos a su habitación.

—Debes admitir que el contratista hizo un buen trabajo y no fue necesario lo de hacer pagos parciales. Yo te dije que todo iba a salir bien.

—Sí, lo admito. Aunque creo que mi trabajo aquí no ha concluido. Y mientras esa filtración esté allá en el techo, creo que me tendrás aquí por un buen rato.

—Te tengo una extraña noticia, pero tú me dices si la quieres escuchar ahora mismo. Aunque como dentro de nada te toca salir nuevamente a trabajar, no creo que sea prudente. Yo sé que igualmente te pondrá cabezón todo el asunto que no te podré comentar ¿Quieres una manzanilla? A tu abuelo le ayudaba a dormir.

—Creo que no me queda de otra. Además que, ciertamente, necesito dormir así sea unos cuantos minutos. Una pregunta ¿Qué sabes del mentado torneo de tenis de mesa?

La señora Marín le sirvió el té a su nieto, se le quedó mirando unos segundos. Aquella pregunta la dejó pensando. No era del tipo competitivo, además que el dinero del premio tampoco era gran cosa, de hecho ya el asunto de la filtración se podía considerar como superado.

—Creo que la semana previa a las festividades de octubre, exactamente antes de La Noche de Halloween. Con respecto a la filtración, el contratista me dio su palabra que volverá, pero que el trabajo no ha concluido; pero te insisto, no necesitamos más dinero para ese asunto.

Arthur bebió de la taza, quería meditar bien su respuesta pero cuando aquella infusión llegó a su organismo, comprendió que lo mejor era seguir el Consejo de su abuela, cuando volviesen él y su fiel caballo a casa tendría algo de energía para afrontar esa noticia.

Aquella mañana, la cual llegó con algunos suspiros de alivio, la señora dueña de esa casa no se había despertado temprano para hacer el tradicional desayuno para sus queridos huéspedes. Se despertó, extrañamente, con la sensación que no podía ocultar aquella noticia que no pudo decirle a su nieto. Para su sorpresa, Richard y Lucrecia estaban en la cocina, haciendo el trabajo.

—Espero que considere esto de supervisión de nuestro trabajo y por cierto. Buenos días— le saludó el estudiante de derecho—, como cosa rara su nieto no se suma a su tradición.

—Aunque me alegra ver que la filtración ya tiene sus días contados. Aunque pudo habernos pedido esto de dejar la casa por esto de la reparación sin tanto misterio. — agregó la estudiante de periodismo.

—De todas formas, fue bueno que se tomaron su buen rato en regresar; me llegaron una avalancha de noticias desde San Antonio, las cuales me dejaron gritando y creo que, por mucho que no me agrade la idea involucrarlos, no es disparatado decir que estamos juntos en esto.

Aquellas palabras dejaron fríos a Richard y Lucrecia, de hecho, poco sabían sobre los motivos de fondo que tuvo Arthur en dejar la ciudad de San Antonio y estar con su abuela.


El extraño silencio en aquel local fue roto por una voz que tomó por sorpresa a todos los clientes.

— ¡Hoy es noche de Karaoke queridos clientes!

Los ojos de Bianca brillaron y preguntó a sus compañeros de mesa

— ¿Quieren participar en el karaoke?

—Y ¿Dónde quedó esa angustia que tenías esta mañana por el examen del lunes?— le preguntó Lucrecia—, que en materia de estudiante irresponsable no eres buena. Además que eso, es cosa mía.

—Tengo todo el domingo para estudiar. Además que nuestra participación no depende de ti o de mi ¿Qué dices Vaquero? ¿Nos apuntamos a ese rodeo?

—Creo que podríamos participar, eso sí, pero después nos vamos. Mi querida abuela va a necesitar a “Silver” para mañana y mi segundo día de descanso me lo quiero pasar sin sobresaltos, la verdad.

De repente, aquella voz que anunció la apertura de la “Noche de Karaoke” hizo lo propio con los primeros participantes, quienes resultaron ser ni más ni menos que Josh y su pareja. Quienes ya habían perdido algo más que su marcado gusto por el tequila, algunos kilos adicionales sino también buena parte del sentido del ridículo, lo que quedó demostrado con su selección, esa canción que cantaron Frank Sinatra y su hija Nancy.

—Creo que eso no me lo esperaba— Comentó Lucrecia al ver subir a una humilde tarima a Josh y a su esposa—.

— ¿Ver de nuevo a Josh en el mismo día o que esté casado?— le preguntó Richard—; pero pensé que sabías muchas cosas sobre ese locutor.

—No, el hecho que fuese un apasionado por cantar. Lo intentó en varias ocasiones, pero cuando lo compararon con Paris Hilton, simplemente desistió del asunto.

—Apuesto a las de perder que te mueres de ganas por pedirle un autógrafo y una oportunidad para hacerle la entrevista. Así que debo preguntar ¿Qué te detiene?

La pregunta que le hizo Richard dejó pensando a Lucrecia, pero ¿Qué le iba a decir? Ciertamente, había muchas cosas, incluso el clásico “puede darme su autógrafo” se paseaba por su mente. Pero, aquella situación se volvió más extraña cuando el comentarista deportivo se acercó a Arthur y le comentó.

—Sabía que te había visto en otra ocasión. Y ¿Quién iba a creer que el ganador de ese concurso me lo volvería a encontrar? Y ahora sé que también eres conductor de esta cosa moderna llamada Uber. Me hiciste un gran favor con ese par que se va a subir a cantar.

—Las coincidencias son algo extraordinario, señor Colt. De hecho no vengo a cantar, ya sabe, conductor designado, aunque lo peor del caso es que ninguno de mis amigos está con altos niveles de alcohol en la sangre. Así que vine a registrar a unos amigos a este asunto del Karaoke.

Arthur, después de esas palabras, le pidió un autógrafo a quien fuese el ídolo de su abuelo, sino también de su padre. Quizás en aquellos días cuando era jugador era raro para él firmar autógrafos a gente que no apoyaba a su equipo, pero cuando se hizo de un nombre como comentarista, se volvió normal.

— ¿Me puedes dar tu número de contacto? Digo, para tener alguien de confianza cuando me toque un viaje lejos de esta soleada ciudad. Y creo que no te tocará llevar a ese par nuevamente esta noche, te doy mi palabra.

—Aunque me gustaría pedirle un pequeño favor, si no es mucha molestia de mi parte.

—Claro que no será molestia alguna, Vaquero. Tu solo dispara.

— ¿Ve esa muchacha que está con otros dos “entonando”? No le menciono a la de cabello castaño, sino a la de cabello oscuro; su nombre es Lucrecia y es una de esas admiradoras de su buen amigo Josh. Tiene algo de tiempo queriendo hacerle una entrevista para una asignación de su universidad ¿Cree que podría arreglar una?

El comentarista deportivo estuvo callado unos segundos, posteriormente, le respondió a Arthur con mucha seguridad.

—Déjame ver eso que me propones, pero ten por seguro que esa entrevista va a ser realizada.

Después de ese suceso, Lucrecia, Richard y Bianca estuvieron preparando sus cuerdas vocales para entonar ni más ni menos que “Septiembre” una de esas piezas clásicas de la música pop y que parecía perdida para la fecha. Mientras tanto, Arthur vio como no era el único conductor designado aquella noche así como el ex jugador apodado como “El Ariete” volvía a su mesa tranquilamente.

Quizás para unos puristas, Josh y su esposa no destruyeron tanto aquella mítica canción. Extrañamente era una pieza musical que les recordaba buena parte de las locuras que habían vivido desde aquel día en que se conocieron; aquella misma canción que, por alguna extraña coincidencia, a su abuela se le ocurrió usarla para el funeral de su querido esposo. Ciertamente, una extraña elección.

A partir del presente momento, debemos relatar algunos pormenores de lo que pasó en la camioneta de Wilson. Extrañamente, Russel y Melisa se encontraban dormidos, mientras que Josh trataba de ocultar el hecho que cabeceaba de un lado a otro.

—Qué semana tuvimos, eh Josh. — Comentó el piloto del vehículo—, extrañamente hasta tu saliste metido en el asunto del  aniversario. Ciertamente debo felicitarte por eso.

—Creo, que es lo menos que puedo hacer por ti. Después de…todo por lo que te he hecho pasar así como todo las cosas buenas que has hecho por mí y mi familia.

— ¿Pero le ofreces a un extraño un show de Pole Dance de tu esposa pero no a mí? Eso te costará caro, Josh y más sabiendo que ese extraño era el conductor de Uber que los llevó a casa.

Josh al escuchar eso estaba apenado, como era normal, pero ya no podía usar la excusa del alcohol para enmendar el asunto ni mucho menos irse por las ramas, otra de sus especialidades. Así que le salió apelar por la honestidad, aunque lo bueno es que su querida esposa no estaba escuchando aquella conversación.

—Con razón se nos hacía conocida la cara. Y me gustaría disculparme con ese muchacho de alguna forma, justo cuando creí que ya no me iba a suceder ese tipo de cosas nuevamente, recaigo. Algo me decía que no debía beber ese día, pero ¿Cómo no hacerlo? ¡Había que celebrar la independencia de la nación!

—Un día hablaremos sobre tu extraño concepto de patriotismo y como ustedes dos están tomando el asunto de dejar de beber alcohol; pero creo que si te carcome lo que te queda de moral por ese hecho, hay algo que puedes hacer. Una amiga de ese muchacho te quiere hacer una entrevista.

— ¿No hay trampa en el asunto?

—Te iba a pedir que limpiaras las canaletas de mi casa. Pero creo que no es algo que tu harías, además que parece que ese tipo de cosas es más de tu esposa y creo que tu estas más que dispuesto de tomar esa bala. Aunque debo admitir una cosa, no es un acto muy noble lo que te estoy haciendo en este momento.

—Creo que tienes un extraño sentido del humor, Wilson. No lo puedo creer que tengas algunas manchas oscuras en tu noble alma. Ese estereotipo de los jugadores de futbol americano no es tan errado después de todo.

—Oye, tengo derecho en hacerte una broma de vez en cuando. Ya que, si tu esposa lo hace ¿Qué me impide a mi hacerlo?  Además, creo que más bien es algo que siempre tuve ganas de hacerte una broma pesada.

 

See Your Space Cowboy


Aquel restaurante de comida rápida tenía varias paredes adornadas con las firmas de los clientes, pero una en concreto tenía un pequeño anuncio de neón donde se encontraban no solo las firmas, sino también las fotos de aquellos a quienes el dueño del lugar consideraba como sus mejores clientes.

Aunque llegar a esa condición no era algo tan complicado, bastante con pagar bien y no abusar tanto de las servilletas, robar cubiertos y listo ya estaba en esa lista. Su dueño era alguien que no le temblaba la mano en escribir el nombre de una persona en su lista negra, así como el hecho que tenía un cartel que decía con una fuente bien grande “Se reserva el derecho de admisión”

Pero aquella noche la suerte parecía estar haciendo muchas bromas, ya que allí se encontraban Josh, su esposa, Wilson y ni más ni menos que el contratista llamado Russel, ese que se había ofrecido en reparar la filtración en la casa donde todos esos muchachos vivían.

—Creo que he visto en otra parte a ese muchacho—comentó Josh—, estoy seguro. Y ¿Qué me dices de ti amor? Por cierto, nuestra querida niña ya está dormida, la niñera anda cenando, de hecho me sorprende que tenga como pagarse comida a domicilio.

—Oye, ahora que lo mencionas, creo que debo estar de acuerdo contigo, amor—agregó Melisa— ¡Por el protector bucal del gran Mohamed Ali! Estoy más que segura que podría reconocer ese sombrero donde sea. Y, tu que te estabas preocupando por el asunto que se demoraba demasiado en atender el teléfono de casa.

— ¿De qué me perdí Wilson?—le preguntó Russel al cronista deportivo. El contratista cristiano regresaba del baño y tomaba asiento en la mesa. —; aunque debes admitir que, a pesar de todo, no son tan malos padres. De hecho, el cambio que han hecho es algo digno de escribir.

—Esos dos hablando que reconocieron un rostro y un sombrero vaquero que acaba de entrar al restaurante. Creo que hice mal en dejarlos tomar y pagarles el taxi de regreso a su casa. –fue la respuesta de Wilson, entre apenado y tratando de hacer un chiste. Bueno, si a estos ñoños que suben videos en esa red social de videos los han convertido en escritores, creo que esos dos tienen algo de oportunidad. De hecho, yo compraría ese libro.

—Creo que estas de suerte, Wilson. He visto a ese par ponerse así de intensos por cosas más extrañas; de hecho, debes sentirte contento por el hecho que están discutiendo por un sombrero vaquero y no por una serie animada repleta de ponis.— comentó nuevamente el contratista, para luego beber un poco de su té con limón.

— ¡Eso fue una sola vez!—exclamó Melisa—, además, es la serie animada que compartimos con nuestra hija. De hecho, es la única que se ganó nuestra aprobación. Además, es una serie animada a la que le guardo mucho cariño, ya que la veía en secreto conjuntamente con mi madre.

Lucrecia estuvo mirando los rostros de los otros clientes, tratando de llevar por dentro aquella procesión que sentía. De hecho, a tiempo, concluyó que no había razones por las cuales sentirse así de extraña ante ese comentario que desató la llegada a ese local de comida rápida.

Quizás, meditaría sobre el tema al llegar a su casa. En la compañía de uno de sus libros, su querido I—POD y la almohada. Ahora debía dejar de pensar tanto y disfrutar no solo la victoria que tenía y la comida que estaba por comer. Y más considerando que Bianca iba a ser quien iba a pagar, cuando era un fenómeno raro que sucediese.

—Y dinos Lucrecia ¿Vas a ver tu sola la serie o la vas a compartir?— le preguntó Richard—, ya que dijiste que nos ibas a mostrar algunas películas de terror italianas y nunca pasó.

—Te recuerdo que mi amiga en el cine club del campus renunció hace tiempo. De hecho creo que me tocará asumir esa responsabilidad— fue la respuesta de Lucrecia. —, he estado meditando sobre ese tema, la verdad. Y no me parece tan mal tercio meterme en eso.

—Ya está cerca octubre, así que te toca cumplir con tu palabra—agregó la estudiante de medicina. —, además ¿Recuerdas el Halloween del año pasado? Lo más entretenido fue ver la casa embrujada que montaron los vecinos y el cine improvisado. Seguramente, ya la dirección de cultura de la universidad ya debe estar un poco cansados de tus locuras.

—De hecho, ver la clásica película “El Exorcista” en ese cine improvisado fue una experiencia digna de ser inmortalizada—agregó Richard—, más si agregamos el hecho que, esa película con todos los años encima que tiene, sigue dando ese miedo.

—De hecho, si me permiten comentar algo, esa película es un clásico del terror. Aunque, en lo personal, prefiero “El Resplandor” así como el hecho que podríamos hacer algo para esa fecha. De hecho, recuerdo que mi abuela me había comentado mucho de esas fiestas de Halloween en la urbanización. Me gustaría participar en una, claro si tengo ese día libre.

Las palabras de Arthur sorprendieron al resto de sus compañeros, aunque ya tendrían tiempo para hablar de ese asunto, ya que la amable mesonera estaba en frente de la mesa que estaba esperando para entregarles la carta.

Si había algo en que muchos concordaban era que el servicio de aquel restaurante de comida rápida estaba a la misma altura de otros locales. De hecho era una constante en las miles de páginas y aplicaciones que se dedicaban a escribir sobre los locales de comida y comida rápida en esa región de Los Ángeles.

Minutos en silencio, extrañamente aquellos muchachos estaban revisando sus teléfonos. Pero, había algo adicional en esa situación, ya que tanto Lucrecia como Arthur, no estaban escondidos detrás de las pantallas de su teléfono pero ¿De qué querían hablar aquellos dos? Y más, si iban a hablar ¿Cómo harían para no molestar a sus compañeros de mesa?

— ¿Ya saben que van a ordenar?— preguntó la mesonera con una sonrisa en la cara, aunque ya estaba dando señales de que estaba agotada. Segundos después de haber anotado el pedido de cada uno, se marchó.

—Vamos a ver si todo lo que dicen de este local es cierto— dijo Bianca, iniciando otra vez la conversación. —, aunque debe ser bueno, ya que creo que no estamos solos aquí. Más si consideramos el hecho que no estamos solo aquí.

—Más sí que los mismos que estaban en el concurso en el cual participamos, aquí se encuentran comiendo— agregó el estudiante de abogado—; aunque creo que nuestra querida amiga estudiante de periodismo debe saber mucho sobre este local y su relación con ese actor devenido en locutor de radio. De hecho, no lo hizo tan mal como moderador de ese concurso.

—Oye, ahora que lo mencionas citadino, es cierto— matizó Arthur—, creo que no era la primera vez que estaba metido en algo así, ya que supo cómo ocultar su nerviosismo. Aunque, es raro eso, considerando que tiene un historial de ser un actor de dudosa reputación.

—Les recuerdo que estuvo nominado a un Oscar—apuntó Lucrecia—, por una película que no es tan pesada como las que siempre están metidas en esa premiación. Creo que la he visto como dos veces nada más. Aunque lo interesante del asunto es que el director y guionista de la misma se retiraron del negocio el año pasado.

—Y ¿Qué hacen ahora?— preguntó Bianca.

—De seguro se van a reír—agregó Lucrecia, quien estaba por comenzar a dar su respuesta—, ahora dan clases en la Academia de Cine de la ciudad de New York, en sus respectivas áreas; de hecho he estado insistiendo que vengan un día para que sean parte del jurado de nuestro concurso de cortometrajes.

A los pocos minutos, aquella conversación se calmó con la llegada de la comida y la bebida, Arthur se quitó el sombrero y dio una pequeña plegaria, mientras sus compañeros estaban comenzando a comer y moviendo los contenedores de las salsas de un lado a otro.

Terminó la plegaria, vio a su alrededor y comenzó a comer

 

See Your Space Cowboy



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