El Reencuentro

Mi nombre es Richard Prat, en estos momentos me encuentro en la estación de trenes 58, esperando que salga el tren que me regrese a mi casa, es en estos momentos que maldigo tener mi auto averiado.

Estaba leyendo el periódico, cuando, de repente, una voz femenina repetía mi nombre.

—¿Eres tu Richard?—preguntó la voz femenina.

No le daba crédito a mis ojos. Era mi antigua vecina, Catalina Ibarra.

—Hola Catalina, cuanto tiempo—le comento, mientras la detallaba con la mirada—estas hermosa.

Catalina toma asiento a mi lado.

—¿Cómo esta tu padre?—me pregunta mientras se dibuja una sonrisa en su rostro.

—Bastante bien. Aunque su corazón sigue un camino diferente—le respondo ocultando el delicado asunto de mi padre— y cuéntame ¿Qué es de tu vida?

Catalina se quita un mecho de cabello del frente de su ojo izquierdo y me responde—Pues estuve actuando en la serie de ciencia ficción “Leviatán”  hasta la segunda temporada, que fue cuando murió mi personaje y mi contrato con el canal del señor Kirby. Actualmente estoy de vacaciones, aunque quiero trabajar de nuevo en el teatro.

—Pero tienes una buena carrera en la televisión—le comento tratando de darle largas a la conversación.

No quiso responderme, solo me regaló una sonrisa.

A los minutos nos tuvimos que despedir. Finalmente mi tren había llegado.

Durante el viaje de regreso hice ejerció de memoria. Quise recordar los días cuando conocí a Catalina.

Ahora esos días parecen lejanos. Tenía dieciséis para ese entonces, un domingo mientras cortaba el césped del jardín de mi casa, un camión de mudanza llegaba a la casa de al lado. Al principio no le presté mucha atención, pero caída la noche pasó un encuentro. Sigue leyendo

Triste canción del Boxeador 5

Y llego el ansiado día del torneo, en mi categoría, solo eran unos cuatro rivales. Simón, me escribió unos días antes, unos de los asistentes de esquina es amigo suyo, y me va a ayudar.

Al final nada me importa más que verme la cara con Espartaco, si gano esa pelea podré sentirme con el valor de retar al campeón.

Mis rivales apenas si duraban un asalto conmigo, solo use un poco de trabajo de piernas.

El señor Felipe, durante un descanso, me dice.

—Estas trabajando muy bien, el boxeo de sombra y las indicaciones de Simón han mejorado tu estilo, casi no veo tus golpes, por lo que veo ya ganaste.

El organizador y árbitro, propuso una final. Estaba ansioso,  quería que dijera que se tendría que hacer una final entre la Categoría Peso Pluma y Peso Ligero. Y fue así que pasó. Y el finalista de la Categoría Peso Ligero, era Espartaco.

No me sentía cansado, aunque estaba ansioso de que la campana sonara para empezar el duelo pendiente entre él y yo.

Decidí esperar a que Espartaco empezara la pelea, me dio un sólido golpe de derecha, pero contraataqué con mi contragolpe de izquierda, cayó al suelo. La gente gritó de emoción, no habían visto tal demostración de boxeo, en sus ojos  noté ira, no se esperaba tal cosa.

Después del conteo de protección, decidí atacar,  un golpe de gancho al rostro, pero él me devuelve la agresión, con un uppercut al cuerpo, supe como aguantar la fuerza del golpe, gracias Simón por ese consejo. Le propiné un gancho a los riñones y luego un golpe directo a la boca del estómago. Y así terminó el primer asalto.

Simón me dijo un día, que mi boxeo impresiona a la gente, que parece que nací con eso, ese don de dar un espectáculo de boxeo a la gente, la lluvia de aplausos que desato se compara con las peleas de Mohamed Ali o cualquiera de los grandes. Me percaté de eso, cuando hice mi pelea por el campeonato en el circuito amateur y cuando mi pelea debut en el boxeo profesional.

La gente se emocionó, Espartaco estaba también impresionado, le temblaban las piernas, parte de mi trabajo estaba ya listo. Sus golpes no hacían efecto, y eso pensé.

Aun seguía estando dos categorías por encima de mí. Sentía una fuerte llamarada dentro de mi que me empujaba a vencerlo sin importar que sucediera, si lo vencía podría lograr todo lo que quisiera.

La campana que reinició la pelea sonó con fuerza,  solo unos cuantos golpes al cuerpo y seria presa fácil, aunque me sentía algo extraño, debería ser más rápido y fuerte que yo. Algo le pasaba. O algo planeaba.

Me propuse llevarlo contra las cuerdas y darle mi combinación especial de golpes. Aunque ya la había visto, no había sentido su máximo poder. Y aún tengo mi golpe especial que junto con mi trabajo de piernas, me daba la victoria segura. No tenía motivos por los cuales preocuparme. Pero debía estar preparado para lo que fuese.

Triste Canción del Boxeador 4

Llegó a mi mano una carta de Simón, me daba indicaciones sobre lo que debía hacer, preocupado por el asunto entre Espartaco y yo, me dio la siguiente instrucción:

“Los pesos ligeros rondan los 61 kilos, investigué sobre ese Espartaco, es un pugilista algo mediocre, digamos que sus estadísticas dejan mucho que desear, solo ha ganado 3 peleas de las 9 que ha disputado, suele entrar en clinch cuando esta desesperado y usar golpes sucios, si logras darle unos tres golpes al cuerpo estará en la lona”

Mi categoría es los pesos pluma, mi peso ronda es de 56 kilos, tengo la ventaja de ser mas rápido, aunque creo que nuestra pelea no se dará.

Todas las noches hacía boxeo de sombra, me imaginaba al pobre Lino en un sparring conmigo, o los pugilistas que me hicieron mas fuertes en mis peleas anteriores, era la único que me mantenía cuerdo y pacífico.

Simón, Lino y yo, tenemos un sueño, si llego a ganar el cinturón que me hará campeón nacional, de tener nuestro propio gimnasio, estamos hartos de ser esclavos de esos tipos, el gimnasio en donde estamos no nos tratan bien, siempre hay problemas, aunque me han patrocinado casi toda mi carrera.

Lino me contó hace tiempo, que Simón se gastaba su sueldo en licor, aunque seguía siendo el mejor entrador de ese inmundo gimnasio, aunque le dieron de baja por un tiempo.

Hasta que un día me voy peleando, como lo hacía antes de conocerlos en un callejón del barrio, Simón se impresionó al ver mi golpe recto y mis rápidos movimientos para esquivar los ataques de los pandilleros.

Una persona que cambió mi vida, además de Simón como entrenador, fue la niña Maria, desde que la vi fijamente a los ojos, como con dos palabras detuvo una pelea entre dos pandilleros y salieron corriendo al ver a su madre. En ese momento, quede bajo el hechizo de sus ojos. Siempre comentaba que si se iba a enamorar de un hombre, que ese hombre sea fuerte, que este con ella y su madre atendiendo la taberna, y que la trate bien.

Esa misma noche me di cuenta de lo que debía hacer, aceptar la propuesta de Lino y Simón y buscarme un trabajo, tenía que modificar me forma de ser.

En mi celda, ya empezó a entrar la noche, nuevamente, como lo ha estado haciendo a lo largo de estos meses.

Una pelea, casi imposible, con un pugilista que esta por encima de mi casi dos categorías. Pero como me comentó un día Lino. Nunca vio temor en mis ojos, así me enfrentara a alguien que es mejor luchador que yo, mi empuje me hace ser alguien de temer, y eso es algo que pocos boxeadores tienen.

Es a esta sensación, una mezcla de expectativa, esperanza y adrenalina me hice también adicto, debido a que es difícil saber como será el rival al que te enfrentaras en un cuadrilátero o en la calle. Y si se topan en mi camino hacia el cinturón de campeón nacional, quítense, ya que no pienso detenerme  hasta tener un duelo con el campeón nacional, tengo que cumplir ese sueño colectivo, y el mío.

Triste canción del Boxeador 3

Apenas y han pasado tres meses, y yo me gusta estar en la cárcel, con solo una riña los otros reos me han dejado en paz. Fue mientras entrenaba, un tipo llamada Espartaco se me acercó y empezó a buscarme problemas.

Bastaron dos rápidos golpes, un gancho al hígado y un uppercut al mentón, mi combinación letal, para que los otros reos se mantuvieran alejados de mí.

No me desesperé por ningún momento, ya que recibía cartas de Simón, en donde me recordaba algunas cosas del boxeo, y aprovechaba en contarme las cosas que sucedían en el barrio. Lino también me escribía, me contaba cosas mas fuertes sobre lo que de verdad pasaba en el barrio, lo mal que se sentía la niña Maria y su madre, por mi ausencia.

Un día nos tocó el chequeo psicológico, todos los reos fuimos a ver a un psicólogo que visitaba con frecuencia la cárcel.

Fue mi turno de la entrevista, el doctor se llama Freddy Santana. Al verme me dijo.

—Buenas Clint, me dicen que eres boxeador. Dime el motivo de tu confinamiento aquí en este recinto.

—Buenas ¿Cómo sabe que soy boxeador? Estoy aquí debido a que un policía quiso propasarse con alguien muy cercano a mí. Y solo hice lo que cualquier persona haría, traté de solucionar el problema hablando pero el policía estaba ebrio y me supongo que ya sabe el resto de la historia.

Era la primera vez que hablaba con un psicólogo, estaba entusiasmado, casi como esperando una pelea.

—Interesante, dime una cosa ¿Es verdad que Espartaco estaba buscándote problemas desde hace tiempo?

—Si doctor ¿Habló con él?

—Si joven Clint, sabes, el también es boxeador, pero creo que esta dos categorías por encima de ti. A pesar de eso se obsesionó con la idea de la revancha. ¿Crees que hiciste lo correcto al enviarlo a la enfermería?

—Estaba buscándome problemas desde que llegué, me mantuve tranquilo por un tiempo, pero no lo aguante cuando paso lo que pasó.

—No veo el motivo para alargar esta entrevista, estas sano, no tienes problemas mentales. Solo quiero decirte que están planeando un torneo de boxeo dentro de este recinto, van a pesarlos a los que participen y todas esas cosas que hacen en boxeo. Solo quiero advertirte que te cuides por que puede que ese demente entre.

Ese mismo día le escribí a Simón, le pedí que me diera consejos para enfrentarme a los boxeadores que estaban recluidos en esta cárcel y decirme que es lo que me puede pasar. Lo peor que me puede pasar.

Regresé a mis labores en el jardín, entrenaba mis técnicas por las noches, y antes de dormir escribía las cartas que iban a Lino y a Simón.

Un oficial me informó que dentro de dos meses sería el torneo, que aproximadamente unos 50 o mas reos estarían participando, iba a pedir ayuda a  unos técnicos y entrenadores de un gimnasio de boxeo cercano.

Triste canción del boxeador 2

Aunque ya sabia mi sentencia, tuve que pasar por un juicio, claro es un mero formalismo de esta sociedad. Ese jueves mi entrenador me dio un consejo, cuando salimos de la corte.

—Escúchame bien Clint, el mundo de la cárcel y nuestro barrio no son muy diferentes, solo cumple cabalmente las órdenes que se te den.

Notaba que Simón, mi entrenador, estaba preocupado. Espero saber el motivo.

Recluido por el lapso de tiempo de un semestre, el policía admitió su estado de ebriedad y que se propasó con la niña Maria así que mi condena no fue tan larga., pero esos seis meses serían largos. Ya me había acostumbrado a vivir en las calles y pasar por situaciones en donde tu vida corre peligro. Le debo mucho  a Simón, vio talento en una persona como yo, un solitario joven del barrio San Andrés, que se peleaba todos los días, a todas horas, conocido con el apodo de “El puño de la Calavera” ya que las marcas que dejo con las puños poseen, según Lino, la forma de una calavera. Lino tiene una marca de mi puño en su pecho, de nuestro primer encuentro.

Me llevaron en una patrulla ha una lejana cárcel,  según le escuche a los policías es la mas tranquila de la región. Aunque a veces los motines que se forman no difíciles de controlar.

Me enviaron a una celda oscura y sucia, los otros reos me veían y se reían a carcajadas uno gritó

—Ese vino por que golpeo a un policía, ese nuevo es peligroso.

Otros reos se empezaron a reír de ese comentario, hice caso omiso de ese comentario, solo querían provocarme. Nadie sabía quien era, son pocos los que conocen el circuito nacional de boxeo amateur, un policía me dijo muy serio.

—No te has sulfurado a pesar de que te han dicho de todo. Estas haciendo lo correcto. Si prácticas algún deporte búscame, siempre tenemos torneos deportivos, para calmar un poco a los reos.

—Muchas gracias, eres el primer policía que conozco que no es tan altanero, los que se atreven a ir a San Andrés, son de lo peor.

—Lo se, por eso creo que no deberías estar preso, estabas haciendo lo correcto, eso se llama Legitima Defensa.

Era normal ver a los otros jóvenes del barrio pelear por tener una salida con la niña Maria, muchas veces me tocó ser quien detenía las peleas, los muy dementes peleaban al frente de la taberna, y eso espantaba la clientela según la señora Isabel.

Por las tardes me ausentaba en mi lugar de trabajo, iba a entrenar con Simón y Lino, el turno de la tarde era el más flojo, tenía que trabajar, ya que vivía con Simón en una humilde casa  y nos compartíamos los gastos y los sueños de superación de salir de esa pobreza.

Nuestro sueño es el cinturón de campeón nacional en la categoría peso pluma, tener un gimnasio propio y ayudar a la señora Isabel y a los otros soñadores del barrio.

Cayó la noche en mi celda, menos mal que estoy solo, saqué mi armónica, y cantamos nuestras penas.

Triste Canción del boxeador 1

La vida del boxeador, como se puede definir algo tan efímero y al mismo tiempo tan apasionante. Somos esclavos de los aplausos, de los reflectores y de nuestro ego, y me atrevo a decir  a la fama, así sea por un escándalo público.

La vida del boxeador es solitaria y dura, llena de azares, ya que un día estas en la cima disfrutando de todos los lujos y otro en el suelo convertido en un ebrio o mendigo.

A lo que me hice adicto fue a esa sensación que te invade cuando estas en tu vestidor y caminas hacia el cuadrilátero y un desconocido grita tu nombre y apodo con un micrófono.

Hoy tengo una pelea, el pase que me acercará un poco al campeón, si consigo su cinturón seré feliz y podré retirarme de este duro espectáculo.

—No te noto nervioso Clint, la pelea de hoy esta interesante. No te vayas a poner agresivo, mantén la calma. Hemos trabajado mucho para llegar a este nivel.

Hace un año salí de la cárcel, aún estaba en el circuito amateur, fue un duro golpe para mi entrenador. Lino, el asistente de mi entrenador, dice que casi regresa a beber, la gente del barrio lloró cuando se enteraron que estaba tras los barrotes.

Recuerdo que fue un miércoles, estaba tranquilo trabajando en la taberna de la señora Isabel, entró un ebrio, gritando, y era hora de cerrar. Estábamos nerviosos la señora Isabel y yo, la policía estaba en las cercanías, los maleantes se ponen peor en el barrio cuando los azules andan cerca.

La hija de la señora Isabel, la niña Maria, aunque de niña solo tiene el apodo, ya que tiene el cuerpo de una mujer, estaba con nosotros limpiando, el ebrio le puso el ojo, empezó a acercársele, pero no para cortejarla. Quería otra cosa. Le advertí del ebrio a la señora Isabel, los otros ebrios estaban lejos, no lo conocían, no era del barrio, parecía peligroso. Y fue cuando escuché el grito de Maria que actué.

Me quité el delantal me acerqué a la mesa del ebrio y le dije.

—Señor, la señorita no quiere estar con usted. Por favor déjela en paz, no cause problemas. Estamos casi cerrando así que si desea seguir bebiendo, váyase.

—Cállate joven, ella quiere estar conmigo. No pueden cerrar por que estoy yo aquí y puedo comprarles toda su existencia de licor que tiene esta pocilga si me da la gana.

Esa fue la orden de atacar, la envió la madre de la niña Maria, le pedí al tipo que encontrara en la calle, no soportaba su inmundicia en el negocio. Quizás, hice mal en iniciar esa pelea, pero de no haberlo hecho, la niña Maria hubiese salido mal herida.

Y fue en ese instante que empezó la riña, el ebrio tenía resistencia y soportaba bien mis golpes, pero la  policía vio el instante cuando mi golpe de gancho hizo morder el suelo al hombre, y mi sentencia, la cárcel, por alterar el orden público y por golpear a un oficial.

Patada al corazón 8

Verónica se encontraba muy lejos de Valle Arriba. Se encontraba en el terminal de pasajeros e una ciudad a cinco horas de su hogar, y de alguien a quien estaba algo más que interesada en una amistad.

Estaba hecha un verdadero desastre. No soportó estar con la banda, su paciencia había llegado a un límite. Su jefe la colocó en una banda  inmanejable, creía que su empleo estaba en riesgo.

Tenía algo de dinero para el viaje de regreso, debía afrontar las consecuencias de sus actos.

Quiso llamar a esa persona, pero ninguna cabina telefónica estaba en buen estado y los establecimientos que prestan el mismo servicio estaban cerrados también.

—Lo  mejor será regresar a casa, aguantar el regaño y buscarlo—dijo para si misma, tratando de darse ánimos.

Con tales palabras comenzó el viaje de regreso de Verónica. Irónicamente tomó el último bus a Valle Arriba.

Fue en ese viaje que meditó las cosas,  sus razones por las cuales había hecho lo que hizo. Los reporteros de farándula estarían sobre ella por un buen tiempo.

Fue un momento de debilidad en la hora indicada. Desde hacía tiempo batallaba contra su subconsciente, contra la atracción que sentía hacia  Jean Pierre, ese inseguro rebelde que la sacaba de sus cabales.

Después de ese hecho que quiere olvidar, de esa  apuñalada ala amistad con Zara, los recuerdos que tenía con Ronald, ese muchacho que hacía un contraste en su mente.  Le recordaba los domingos tranquilos, le ofrecía calma cuando su vida era un desastre.

El apartamento que tanto le costó comprar ya no iba ser el mismo.

—Los cambios viene para mejor—dijo para si misma.

A las pocas horas Verónica estaba en su lugar de trabajo, en la oficina de su jefe.

—Debería hacer algo. Pero entre salir de ese desastre de banda que pudo generarnos buenos ingresos y la cantidad de bandas nuevas  que han firmado con nosotros.

—Entonces ¿Como quedamos?

—En un “no lo vuelvas a hacer” y regresa a tu trabajo antes de que me arrepienta. Estarás con la banda de rock alternativo “Julián Isla”

—Muchas gracias Jefe.

Al salir de la oficina de su jefe, no contuvo su alegría y celebró el hecho de mantenerse como empleada en aquella empresa.

—Solo me falta una cosa—dijo para si misma— y es verlo. Espero que no tenga nada que hacer hoy.

Ala hora del mediodía Verónica citó a Ronald en un pequeño restaurante en el oeste de la ciudad.

—¿Llegué tarde?—pregunta Ronald luego de saludarla, mientras toma asiento. No puede ocultar la emoción de verla.

—A pesar de que viniste en transporte publico—le responde—no. Tengo mucho que contarte.

En donde fracasó un rebelde tuvo éxito un muchacho tranquilo. Pero no era el final de esto.

—¿Qué sabes de Zara?

—Sé que terminó con… bueno, él. De resto no se más. Eso que le he llamado a la casa de su madre, ni ella sabe donde está. Desaparecer es su forma de afrontar las rupturas. Dale unos meses y estará con nosotros.

Luego los muchachos decidieron llevar su amistad a otro nivel.

Ese día comenzó su romance.

Uno bien llevado y feliz.

9º Bloque de texto

No recuerdo exactamente el día, pero sé que fue después del rompimiento de Zara con Armando.  Se veía venir tal final, unido al hecho de que el muchacho fue expulsado del instituto, por mala conducta.

Pero recuerdo que coincidimos nuevamente en el parque donde jugábamos de pequeños.

Me siento ene l columpio al lado del que estaba sentada, había estado llorando.

—No me duele que lo hayan expulsado—me dijo— a mitad de año escolar.

—Entonces ¿Por qué llorabas?

De nuevo un silencio.

—lloro porque me engañó. No una, ni dos veces, fueron tres. Con chicas de otros institutos.   Como pude ser tan tonta.

—Pero ¿Qué le viste a semejante patán?

—Él es frío con todo el mundo. Pero no conmigo. Era sensible y tierno cuando estábamos juntos. Pensé que podía cambiarlo.

Zara después de muchos tropiezos se percató que no podía convertir a un rebelde. Fueron varias experiencias similares que la llevó a superar esa mentalidad.

Ahora pasa unos meses en España con su padre. Finalmente supimos de ella.

Paul, Freddy,  su hermano Franklin, Verónica y yo estábamos celebrando muchas cosas hoy.  Los primeros mencionados se juntaron para crear una banda de rock instrumental, Verónica y yo tenemos nuestro primer aniversario,  como novios. Todos juntos en el apartamento de mi novia.

—Es bueno volverte a ver Franklin. Por cierto ¿Como se llamará la banda?

—Lo mismo digo Ronald.  Hasta el momento tenemos como nombre Enlace Triple. Como los de química orgánica.

Aunque se llevan mejor con Jean Pierre, decidieron no reunirse con él con el nuevo proyecto de relanzar su viaja banda. Jean Pierre ahora con nuevos músicos le da vida a Silencio Oscuro.

—No es nada personal, solo queremos hacer algo diferente—dijo Paul—y enmendar las cosas con nuestro primer sello disquero.

Aunque no puedo negar que he pasado varias veces por casa de Zara, ya que la extraño bastante como amiga, es una persona que aprendió de sus errores.